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¿Las leyes: un espejismo de justicia en tierras desiguales?

 

 Por Rebeca Henríquez

Vivimos en un mundo donde las leyes, en teoría, deberían ser el cimiento de la justicia y la igualdad para todos los ciudadanos. Son el pacto social que define qué es correcto, qué es incorrecto y cómo deben resolverse los conflictos.

Sin embargo, ¿qué valor tienen estas normativas cuando su aplicación se vuelve selectiva, cuando la balanza de la justicia se inclina según el poder, la riqueza o la influencia de quien se presenta ante ella?

En naciones donde las leyes no se aplican en igualdad de condiciones, el concepto mismo de «Estado de derecho» se desmorona. Las leyes se convierten en un mero formalismo, en un discurso vacío que encubre una realidad marcada por los privilegios y la discriminación. Para quienes están en la cúspide del poder o tienen los medios para manipular el sistema, la justicia es solo una herramienta más a su servicio.

Pero no nos engañemos: la verdadera fuerza de una ley no reside en su redacción, sino en su aplicación imparcial. Cuando esta falla, las leyes dejan de ser un escudo protector para convertirse en un arma, o peor aún, en un mero espejismo de justicia que conforta a unos pocos mientras desampara a la mayoría.

La lucha por la igualdad ante la ley no es solo una cuestión legal: es una lucha por la dignidad humana y por la supervivencia misma de una sociedad que aspira a ser verdaderamente libre y justa.

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