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Un caso para la reflexión

 

Muchos de nuestros jóvenes abandonan la escuela, empujados unas veces por la necesidad, otras por la ambición o simplemente por el deseo de aparentar y “lucir” ante los demás.

Algunos gastan lo poco que tienen en unos Jordan, ropas de marca, bebidas alcohólicas o estupefacientes. Y para suplir esas “necesidades”, terminan recurriendo a la falsificación, los atracos o al llamado descuidismo —robar sin violencia aprovechando el descuido de la víctima, ya sea el dueño de un motor o de cualquier objeto de valor económico—.

Ese fue el caso de Miguel, del barrio La Ciénaga, conocido como Guelo. Durante años se dedicó a ese “oficio”, del cual, paradójicamente, los más beneficiados eran los mismos agentes policiales que lo protegían.

Hace cerca de un año, Guelo decidió cambiar su vida: comenzó a trabajar y se apartó de esas malas prácticas.

Sin embargo, su decisión no fue respetada. Agentes como el capitán Rosario, de la Policía Nacional, lo han mantenido bajo acoso constante, presionándolo para que “busque lo suyo”.

El lunes 18, debido a la persecución y al asedio de esos agentes —y ante la amenaza de que lo “pusieran en 29”—, fue entregado por nuestro compañero Willin Pérez, coordinador comunitario de La Ciénaga, al coronel García, de la Regional del Distrito Nacional, y al coronel Ovalle, subdirector de Recuperación de Vehículos.

Ante esta situación surgen preguntas inevitables:

• ¿Qué hacer cuando el Ministerio Público nunca investiga?

• ¿Cómo protegerse de dos tipos de delincuentes —el civil y el policial— si las autoridades competentes se mantienen al margen?

• ¿De qué ha servido entonces la tan anunciada Reforma Policial?

Hoy, la realidad nos obliga a reflexionar: mientras unos jóvenes intentan cambiar su rumbo, la corrupción y la complicidad policial se convierten en su mayor amenaza.

¿Será que, en este país, más que la justicia, solo nos queda clamar: Dios nos ampare?

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