¡Atención, país! Los gringos no son lentos: observan, esperan… y no perdonan
Tarde o temprano, los extraditables serán extraditados, aunque papá sufra, los hijos lloren y la reforma policial se desmorone sin remedio.

Buenos días…
De poetas y de locos todos tenemos un poco, pero eso no es excusa para evadir, maquillar ni traicionar nuestra misión patriótica. La locura inspira, la poesía conmueve, pero el compromiso con la patria obliga.
Aquí no se viene a soñar despierto ni a jugar a la demencia conveniente: se viene a cumplir, cueste lo que cueste.
Si el presidente Donald Trump y su poderoso equipo se sentaran a investigar con lupa lo ocurrido en el país en materia de narcotráfico durante los últimos 25 años, más de uno sufriría una parálisis emocional.
Con Hipólito Mejía (2000–2004) hubo escándalos sonoros. sobretodo, mucho inspectores de la Presidencia.
Durante los gobiernos de Leonel Fernández (2004–2012) los escándalos continuaron, pero también cayeron peces gordos del narcopoder. Basta recordar a Quirino Ernesto Castillo, capturado con un cargamento histórico de cocaína.
En los años de Danilo Medina (2012–2020) el fenómeno no solo creció: se sofisticó. Hubo protección, silencios convenientes y también golpes selectivos.
Pero es en los gobiernos de Luis Abinader (2020 a la fecha) donde la balanza parece haberse roto. Sí, se ha incautado mucha droga —récords incluidos—, pero el narcotráfico y el narcopoder político, alegadamente, han crecido como verdolaga: rápidos, invasivos y difíciles de erradicar. Mientras tanto, los presos por estos delitos disminuyen, y más de una docena de solicitados en extradición siguen en lista de espera, supuestamente por sus vínculos políticos con el partido gobernante.
Un seguidor venezolano nos escribió asegurando que no existen pruebas directas que vinculen a Nicolás Maduro con el narcotráfico. Sin embargo —como dicen los gringos— para ver bien no siempre hacen falta lentes.
Ese mismo lector señala que hay otros mandatarios, en distintos países, que sí han recibido dinero del narcotráfico, directa o indirectamente, para llegar o mantenerse en el poder; incluso —según versiones— usando propiedades de capos en campañas electorales. A esos, dice él, Estados Unidos no los toca o se hace de la vista gorda.
Consultamos a una fuente estadounidense y su respuesta fue tan fría como certera: “Paciencia. Nosotros somos lentos, pero no olvidamos. Actuamos en el momento preciso. En narcotráfico no tenemos aliados ni amigos, y mucho menos amnesia”.
Y sí, creemos en eso… ¡Amén! Pero, los yanquis son los yanquis. No perdonan delincuentes. Son expertos en vigilancia, en esperar, en explotar debilidades. Y cuando actúan, rompen el espinazo. Esa es su lógica. Quien tenga cuentas pendientes, que se prepare. Aquí, allá o donde sea, pues la factura llega.
Por eso insistimos, el gobierno del presidente Luis Abinader y el PRM deben acelerar la entrega de los individuos solicitados en extradición por Estados Unidos. No es invitar a nadie a entregarse, es aplicar los tres golpes: apresarlos, confiscarles los bienes y enviarlos al Departamento de Justicia. Seguir postergando decisiones solo provoca rabia y problemas mayores. ¡Ojo con eso…!
Vivimos en un país donde, al parecer, el único que no se entera del desastre es el presidente, empeñado en vender una postal de maravilla. Pero la Iglesia Católica y sus obispos ya lo desnudaron en público.
La Fuerza del Pueblo empieza —tímidamente— a comportarse como oposición, o al menos a ensayar los ademanes. No momia, del lado contrario, pero en la oposición, no da la cara. Sigue a escondida.
Y cuando algún día explote de verdad, el lío de las vacunas en Salud Pública —aquel espectáculo donde la soga se rompió por el lado más fino—, quizás en un país con verdadera transparencia, el doctor Plutarco Arias pueda decir: “Al fin se hizo justicia”. Doctor, tranquilo: aquí todos sabemos quiénes fueron los protagonistas. Y ya se sabe… el que ríe último, ríe mejor.
David Collado no es ningún tonto. O está preparando el terreno por si tiene que mudarse de parcela política, o su entorno vive soñando despierto. Circula un rumor —maloliente y poco creíble— de que, de ser candidato del PRM, tendría el respaldo de Miguel Vargas. En los predios del oficialismo dicen lo obvio: el aceite y el agua no se mezclan. Punto.
Mientras tanto, los delincuentes hacen fiesta, aprovechándose de la debilidad institucional, la pésima gerencia policial y la incapacidad de mandos regionales. Y con este desastre, han reaparecido los famosos “quemaditos”: simulan choques, se detienen en plena vía y asaltan a sus víctimas. ¿A quién reclamarle?

La llamada reforma policial tiene discursos bonitos para los altares, pero efectos tóxicos para la sociedad. La inseguridad crece, los policías corruptos abundan en todos los rangos y el desorden es evidente.

Para muestra, un botón: Un capitán con aretes enfrentando a un mayor en público. Videos virales de agentes agrediendo a una mujer embarazada. Su único delito: grabar un abuso policial. Eso solo pasa en una institución sin brújula ni autoridad real. Ahorita dicen que estaba en un «servicio especial».
Nada de esto parece afectar a Faride Raful, ministra de Interior y Policía, que poco a poco empieza a recorrer el mismo camino de otros “liderazgos inflados” que el poder terminó convirtiendo en ceniza política.
Insistimos… Si el presidente Abinader no remenea la mata, su gobierno se secará. De árbol atractivo pasará a palo viejo, y ya, hace tiempo, va por ese camino.
Y hablando de caminos, la inseguridad vial es otro dolor de cabeza. Los agentes de tránsito son más escasos que muelas de gallina cuando hay caos. Pero aparecen en manada cuando toca cacería, especialmente contra motociclistas.
Después del 31 de enero, cuando termine la renovación de marbetes, la DIGESETT estará en cada esquina. No como agentes preventivos, sino —perdón— como recaudadores disfrazados, fiscalizando sin educar y cobrando sin ordenar.



