Corrupción, violencia y abandono: el país real que desnuda la Carta Pastoral
Mientras la Iglesia habla de justicia, dignidad humana y responsabilidad pública, el Gobierno insiste en vivir de espaldas a la realidad.


Buenos días…
La Carta Pastoral fue picante, dinamita pura, un misil con carga atómica dirigido contra un gobierno que insiste en verlo todo color de maravilla.
La Carta Pastoral describe violencia, inseguridad y jóvenes muertos, mientras el Gobierno vende estabilidad.
Dos países distintos: el de los discursos y el de la gente. La Iglesia lo dice claro: no hay progreso donde las familias viven con miedo y los jóvenes entierran su futuro antes de cumplir los 25.
Basura, contaminación y sargazo no caen del cielo. Son el resultado de un Estado ausente que permite la depredación y reacciona solo cuando la crisis estalla. Cuando los obispos hablan de responsabilidad con la creación, están señalando la negligencia de un Gobierno que llegó tarde… otra vez.
Si la Iglesia dice que la corrupción ha negado medicinas y derechos, el problema ya no es político: es moral. El Gobierno puede seguir hablando de transparencia, pero cuando los obispos piden justicia “sin privilegios”, están denunciando lo que todos saben: en este país la impunidad tiene carnet oficial.
Mientras la inseguridad se traga al país, el presidente Luis Abinader continúa violando abiertamente la Ley 590-16, manteniendo en el cargo al mayor general Eduardo Alberto Then —perdón, al mayor general Guzmán Peralta— más allá del tiempo que la ley permite. Un jefe policial con un rango que le queda grande y una gestión que ha sido, sin eufemismos, un fracaso.
El artículo 23 de esa ley es claro, directo y sin interpretación posible: “La designación del Director General de la Policía Nacional se hará por un período máximo de dos años”. Presidente Abinader, usted la ha violado. No por descuido, sino por decisión.
Y como si no bastara el irrespeto a la ley, en los pasillos policiales corren rumores cada vez más insistentes. Se comenta que el subdirector general, Guzmán Badía, podría ser el próximo jefe de la Policía Nacional, supuestamente para complacer intereses familiares, incluyendo a doña Sula Coronado y a una de las hermanas del mandatario. Si esto es cierto, no estaríamos ante una reforma policial, sino ante un reparto de poder con apellido.
Pero no es el único nombre que suena. También aparece el general Andrés Cruz Cruz, actual inspector general, con un expediente que no resiste la luz pública y con señalamientos graves derivados de auditorías por irregularidades en la administración del Hospital de la Policía. ¿Ese es el perfil que necesita un país asfixiado por la criminalidad?
La realidad es brutal: hasta ahora, todos los nombres que circulan para dirigir la Policía Nacional arrastran historiales vergonzosos, colas largas y sombras peligrosas. Algunos tan comprometidos que, si estuvieran bajo el radar del presidente Donald Trump, ya tendrían problemas serios. Y sí, algunos están siendo observados. No lo decimos por chisme, lo decimos porque confiamos en una fuente que no habla por hablar… y que tiene ojos azules.
Esa fuente fue clara: “Al presidente como que le encanta designar personas cuestionadas en cargos delicados”. Grave. Muy grave.
Presidente, reaccione. Su gobierno se está desmoronando entre escándalos de corrupción, denuncias de narcotráfico y una inseguridad que ya no cabe en discursos.
La denuncia reciente de la Fuerza del Pueblo sobre el estado de la economía dominicana es espantosa, alarmante y suficiente para quitarle el sueño a cualquiera con dos dedos de frente.
El dólar acercándose peligrosamente a los 65 por uno. El pollo escaso y caro. El arroz rumbo a los 50 pesos la libra. Los plátanos pequeños y prohibitivos. Los medicamentos cada día más inalcanzables. Supermercados y colmados que asustan solo con entrar.
Todo sube. Menos los salarios, que siguen congelados.
Y mientras tanto, continúan las desapariciones, los asaltos, los robos violentos, los abusos policiales, las ejecuciones y el miedo cotidiano.
Pero desde los altares del poder se insiste en pintar un país color de rosa, una “maravilla” que solo existe en los discursos oficiales.
Entonces, la pregunta es simple y demoledora: ¿alguien puede mencionar un solo logro de este gobierno que beneficie realmente a la mayoría de los dominicanos?
Presidente, ojo. Mucho ojo con la Carta Pastoral. No es un mensaje decorativo ni un acto litúrgico más. Es una advertencia clara, directa y con peso moral. Ignorarla hoy puede tener consecuencias mañana. Y algunos turpenes que hoy se creen dueños del Estado podrían no resistir, ni política ni mentalmente, el juicio de la historia.



