Las paradojas de la vida y una mujer que hizo historia en nuestro sistema de salud

Por Margarita de la Rosa
Hay encuentros que parecen fortuitos, pero que cargan una fuerza simbólica imposible de ignorar.
Hoy, mientras acudía a un centro médico para dar seguimiento a mi condición de paciente de cáncer, la vida me colocó frente a una de esas escenas que obligan a pensar, a recordar y a establecer paralelismos inevitables.
En una sala de espera, sin privilegios ni protocolos, estaba la doctora Altagracia Guzmán Marcelino.
Allí, como una ciudadana más, aguardando servicios de salud. Nos reconocimos de inmediato. Yo la conocí en mis años de reportera, cuando cubría de cerca sus gestiones en el área sanitaria y su nombre era sinónimo de liderazgo, capacidad y vocación de servicio.
Su trayectoria es amplia y profundamente ligada a la historia reciente del sistema de salud dominicano.
Altagracia Guzmán Marcelino fue Secretaria de Estado de Salud Pública y Asistencia Social, en una época previa a la conformación del ministerio como hoy se conoce, y desde ese rol fue una figura clave en los procesos de reforma y modernización del sector.
También tuvo una activa vida gremial, vinculada al Colegio Médico Dominicano y a la Asociación Médica, siempre defendiendo el fortalecimiento del sistema y la dignidad del ejercicio profesional.
Pero si hay una institución que quedó marcada con su impronta, esa es SENASA.
Con la entrada en vigencia de la Ley 87-01, que dio origen al Sistema Dominicano de Seguridad Social, Altagracia Guzmán Marcelino fue una pieza fundamental en la creación, organización y consolidación del Seguro Nacional de Salud. Bajo su liderazgo, SENASA se catapultó y se convirtió en un modelo de ARS pública, eficiente, cercana y respetuosa de los derechos de la población.
Aquella fue, sin dudas, su etapa de mayor brillo institucional, construida con trabajo, visión y una profunda vocación de servicio.
Mientras esperábamos, ocurrió una escena reveladora.
Cuando ella se levantó para facturar un procedimiento médico, varias personas —algunas bastante jóvenes— comenzaron a comentarme en voz baja: “Esa señora yo como que la conozco”. Todas coincidían en esa sensación. Fui yo quien les explicó de quién se trataba, de su papel en la historia del sistema de salud y de SENASA. La sorpresa fue general.
Lo que más llamó la atención no fue su currículum, sino su sencillez.
Una mujer que ha sido clave en la salud pública dominicana, sin escoltas, sin chofer, sin distancias. Hablando con la gente como siempre lo ha hecho: con naturalidad, con respeto, con cercanía. Una servidora pública auténtica, confundida entre el pueblo al que dedicó su vida.
Y ahí emerge, con toda su fuerza, la paradoja.
Coincidimos buscando atención médica justo en el momento en que esa institución a la que ella entregó sus mayores logros profesionales atraviesa uno de sus peores momentos. Le hablé, desde mi experiencia reciente como paciente, de las dificultades, de los tropiezos, de las carencias que hoy enfrentan miles de afiliados.
Ella escuchó en silencio. Su mirada lo decía todo. Sin estridencias, sin discursos, era evidente su preocupación por la realidad que viven hoy la mayoría de los dominicanos que dependen del Seguro Nacional de Salud.
Las paradojas de la vida suelen ser así de contundentes.
Ver a una mujer que construyó un modelo institucional, hoy compartiendo las mismas angustias que cualquier ciudadano. Y, al mismo tiempo, saber que quienes han llevado a SENASA al deterioro y al descrédito también quedarán inscritos en la memoria colectiva.
Porque la historia es implacable. Y sabe distinguir, con claridad, a quienes construyeron con honestidad y vocación, de quienes destruyeron lo que otros levantaron con tanto esfuerzo.



