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¡Bombardeo digital! Redes sociales lanzan críticas punzantes contra discurso de Abinader

¡Cógelo, Picante! Usuarios afirman que “habló bonito”, pero desconectado de la realidad diaria; cuestionan que la mayoría de las obras anunciadas “no aparecen ni por los centros espiritistas”.

 

Buenos días…

Si el presidente Luis Abinader se detuviera cinco minutos a leer o escuchar lo que dicen de él en redes sociales, quizá estaría tentado a cerrar Instagram, X y hasta los grupos de WhatsApp familiares. Porque lo están “acabando” sin anestesia: memes por aquí, hilos virales por allá y comentarios punzantes que no perdonan.

La ola digital no es casual. Muchos lo cuestionan por el tema de los “intocables”, por los casos de corrupción que siguen generando ruido y, sobre todo, por su insistencia en repetir que en su gobierno se respeta la separación de poderes.

Cada vez que menciona la independencia del Ministerio Público, las redes arden: unos lo aplauden, otros lo toman como chiste y los más duros lo convierten en tendencia con sarcasmo incluido.

En la plaza pública digital no hay tregua. Allí no existen discursos oficiales que aguanten un meme bien hecho ni una frase sacada de contexto. Y aunque suspender las redes sería imposible (y políticamente suicida), el termómetro virtual deja claro que la narrativa del poder ya no se controla desde el podio, sino desde el teléfono móvil.

Porque hoy, más que ruedas de prensa, lo que pesa es el veredicto de la viralidad. Y en ese tribunal, presidente, no hay “intocables”.

INDOTEL se quedó en bulto y espuma. Mucho ruido con eso de que obligaría a las telefónicas a cobrar por consumo real y no por “paqueticos”, y al final todo se diluyó. Puro titular, poca ejecución. Cuando se trata de defender al usuario, no basta con anuncios, se necesitan resoluciones firmes y seguimiento sin temblores.

Hay que decirlo: José Rafael Vargas dejó una marca difícil de borrar en el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones. Fue quien enfrentó el abuso del redondeo y obligó a las telefónicas a cobrar por tiempo real hablado. Una decisión histórica, concreta y medible. Eso sí fue regular con carácter. Y al que le incomode el recuerdo, que revise los archivos.

En Santo Domingo Este la historia es otra. Si hubiese una alcaldía que hiciera valer su autoridad, la Carretera de Mendoza no sería el desorden permanente que es hoy. Aceras tomadas, comercio improvisado, tránsito imposible. Una vía estratégica convertida en símbolo del abandono. El cabildo parece operar sin inspectores, sin supervisión y con policías municipales que solo aparecen para la foto. Y el alcalde Dío Astacio habla mucho… pero la ciudad sigue igual.

Y ya que hablamos de caos: el presidente Luis Abinader tiene una deuda seria con el tránsito. Moverse en el Gran Santo Domingo es una prueba de resistencia. No hay hora pico, hay tapón eterno. A cualquier hora, en cualquier vía. Los planes se anuncian, las comisiones se reúnen, pero la realidad en la calle va en reversa.

En San Juan de la Maguana nadie identifica las 77 obras que dijo el presidente en su discurso de rendición de cuentas que construyó en esa provincia. Y en Monseñor Nouel el desconcierto es similar. La gente pregunta, dónde están esas obras y quién las ha visto.  De Bonao, se habló del hospital como logro propio, pero ese centro fue inaugurado en 2020, durante la gestión del Partido de la Liberación Dominicana. Los hechos tienen fecha, y las placas no se borran con discursos.

La política no se mide por ruedas de prensa ni por promesas recicladas. Se mide por obras visibles, servicios que funcionen y decisiones que se cumplan. Lo demás es espuma.

¡Atención, presidente Luis Abinader! La gente estuvo muy pendiente a su discurso. No hay dudas. Lo escuchó completo, lo comentó en familia, lo debatió en las redes y en los colmados. Pero tres días después, el comentario que más se repite es este: fue un discurso bien estructurado, optimista, lleno de cifras… pero desconectado de la realidad que vive el dominicano de a pie.

Porque la población no vive de estadísticas. Vive del salario. Del picoteo diario. De lo que entra hoy para resolver hoy. Y ahí es donde el aplauso se convierte en mueca.

Se habla de crecimiento económico, pero en la mesa lo que se siente es el precio de los alimentos. Se mencionan avances en salud, pero en los hospitales públicos la gente sigue haciendo filas interminables y comprando insumos básicos de su propio bolsillo. Se resaltan logros energéticos, pero la factura eléctrica llega puntual y cada vez más pesada. Y los medicamentos, simplemente, están fuera del alcance de muchos.

El problema no es el discurso. El problema es la distancia entre el discurso y el carrito del supermercado. Entre el PowerPoint y la receta médica. Entre el dato macroeconómico y el bolsillo vacío.

La gente no niega que haya números positivos. Lo que cuestiona es que esos números no se traducen en alivio tangible. Porque cuando el salario no alcanza y el costo de la vida aprieta, la percepción pesa más que cualquier gráfica.

Presidente, el país escuchó. Ahora espera que lo que se dijo desde el podio se sienta en la calle. Porque la economía puede crecer, pero si el ciudadano no lo siente, el crecimiento se queda en discurso.

¡Ahhh! Esto nadie quería decirlo, pero ya está en la calle: muchos comentan que la alocución pareció un monólogo enredado, más cercano a la ficción que a la realidad cotidiana. Un discurso que sonó brillante para oídos extranjeros que no conocen el pulso del barrio, pero difícil de digerir para quienes viven aquí y saben —con lujo de detalles— hacia dónde sienten que va ese famoso “cambio”.

Porque el dominicano no necesita efectos especiales; necesita respuestas claras. Y cuando se esperaba que se abordaran de frente los apagones que afectan sectores enteros, el tema pasó casi de puntillas. Justo cuando más se siente en los hogares, cuando las facturas suben y la luz baja.

Presidente Luis Abinader, el país no quiere discursos que suenen a otro planeta. Quiere que se nombren los problemas con todas sus letras y que se expliquen las soluciones sin rodeos. Menos retórica, más realidad. Porque cuando el mensaje no conecta con la experiencia diaria, la gente no aplaude: cuestiona. Y en política, lo que no se enfrenta, se convierte en ruido.

Y los malos ruidos, presidente Abinader, no se esconden detrás de cifras ni de discursos bien ensayados. Se escuchan en la calle, en la queja diaria, en el bolsillo apretado. Y cuando el murmullo crece, ya no es simple comentario: es señal de alerta. Porque lo que está mal no solo lo ve la gente… hasta Dios lo ve con claridad y aplica su justicia.

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