
Por Augusto Álvarez
El principal problema del presidente Volodímir Zelenski es no haber comprendido a tiempo una regla básica de la geopolítica: Estados Unidos mantiene amoríos con muchas naciones, pero no se casa con ninguna.
En el tablero de ajedrez internacional, Zelenski confundió la jugada. Apostó a una relación sentimental cuando, en realidad, Washington decide siempre con frialdad estratégica.
Y en ese error, Ucrania paga el precio más alto: jóvenes soldados enviados a un escenario-trampa, una guerra de desgaste que consume vidas, mientras las decisiones reales se toman en otro lado.
Tras la valoración pública del presidente Donald Trump sobre Zelenski, la pregunta es inevitable: ¿qué margen real de maniobra le queda a la Unión Europea para seguir sosteniéndolo? ¿Hasta dónde puede llegar el respaldo cuando el principal patrocinador cambia de tono y de prioridades?
En cierto modo, Zelenski llegó más lejos de lo que muchos anticipaban. Pero parece ignorar una verdad incómoda: el Tío Sam siempre tiene opciones para reemplazar aliados.
Desde impulsar un liderazgo militar más funcional a sus intereses, hasta aplicar recetas ya conocidas en la historia reciente: Noriega ayer, Maduro después. Los precedentes están ahí, visibles, imposibles de ignorar.
¿Sabe Zelenski que el presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide pasó de gobernar su país a aparecer, casi de la noche a la mañana, en Manhattan, Nueva York, tras una “reubicación” forzada? La historia no se repite, pero rima.
Conviene recordarlo, el águila vuela alto, tiene pico afilado… y sus garras, cuando aprietan, suelen ser mortales.
Que no lo olvide el presidente Zelenski.



