El zarpazo imperial y los murmullos del patio trasero
Gobiernos arrodillados, soberanías diluidas y una región sin rumbo propio

Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú, Chile, Honduras… ¿Países soberanos o territorios con la soberanía pisoteada?
Resulta cada vez más difícil definir la verdadera naturaleza de naciones cuyos mandatarios ejercen la presidencia con la cabeza gacha frente al Tío Sam, administrando sus países más como delegaciones subordinadas que como Estados con voluntad propia.
En Chile, cabe preguntarse: ¿cuáles fueron los logros reales de Gabriel Boric, si es que alguno puede exhibirse con claridad? Su gobierno, más retórico que transformador, terminó diluyéndose entre concesiones, retrocesos y una prudencia que rozó la renuncia política.
En Bolivia, el contraste es evidente. Tras la salida de Evo Morales, quien —con luces y sombras— impulsó una profunda transformación social y una reivindicación histórica de los pueblos indígenas, el país reculó, perdiendo impulso, cohesión y proyecto.
En Argentina, el presidente Javier Milei se ha alineado sin ambigüedades con la administración de Benjamín Netanyahu y mantiene una relación privilegiada tanto con Israel como con el presidente Donald Trump. Sin embargo, más allá de gestos ideológicos, su política exterior parece responder disciplinadamente a los llamados de Washington, incluso cuando estos contradicen intereses nacionales.
Ecuador vive una situación aún más grave: corrupción y narcotráfico parecen disputar —o incluso ejercer— el control real del Estado, convirtiendo al país en un punto crítico del mapa regional y en una advertencia para toda América Latina.
En Honduras, el panorama no es menos inquietante. Allí, Donald Trump impuso recientemente un gobierno títere, según denuncian sectores críticos, consolidando la histórica injerencia estadounidense en Centroamérica. Y en Perú, la administración actual ni siquiera disimula su subordinación al fujimorismo, perpetuando un modelo político agotado y profundamente cuestionado.
Frente a este escenario, la pregunta es inevitable: ¿existe espacio real para el accionar de fuerzas revolucionarias que no estén atomizadas, fragmentadas o neutralizadas?
Tal vez sí, pero no bajo las condiciones actuales. Quizás sea necesario empezar de cero, caminar en medio de la oscuridad, avanzar con desconfianza extrema, reconstruir pensamiento, organización y propósito. Porque sin soberanía real, sin proyecto propio y sin ruptura con la obediencia automática, la región seguirá atrapada en el eterno patio trasero del imperio.



