Las potencias se indignan, Israel destruye la ONU y el mundo mira a otro lado

La maquinaria criminal del Estado israelí hizo trizas la sede de las Naciones Unidas en Jerusalén. Un hecho grave, sin dudas. Sin embargo, lo verdaderamente escandaloso no es solo la destrucción de un edificio, sino la hipocresía de las llamadas naciones más poderosas.
Nueve países —entre ellos Canadá y Japón, junto a varias potencias europeas— han mostrado más indignación por una estructura física que por las miles de víctimas del sionismo, sepultadas bajo bombas, escombros y silencio diplomático.
Resulta evidente que para esas grandes naciones, esa misma ONU que Israel desafió abiertamente, ignorando resoluciones y condenas tibias, solo merece defensa cuando se trata de ladrillos y oficinas.
¿De verdad creen que el Estado sionista va a recular porque protesten por un edificio destruido?
Menos aún ahora, cuando negros nubarrones se ciernen sobre el Oriente Medio y la guerra amenaza con extenderse como fuego sin control.
Mientras tanto, entre países que comparten el mismo escenario, se cruzan acusaciones y discursos vacíos. Y la pregunta queda en el aire, incómoda y peligrosa: ¿los amos de la guerra ya prendieron la mecha?



