Se aproxima un nuevo despliegue del Tío Sam en Haití

Por Augusto Álvarez
La extrema pobreza del pueblo haitiano, la inexistencia de las llamadas tierras raras y la carencia absoluta de recursos estratégicos han retrasado, hasta ahora, una intervención directa y contundente de los Estados Unidos en la media isla.
Tras el magnicidio del presidente Jovenel Moïse, Haití sobrevive bajo el dominio de bandas armadas que controlan más del 79 % de Puerto Príncipe, la capital del país, sumiéndolo en el caos, la violencia y la anarquía total.
Desde que en Washington se concibió la creación de una supuesta fuerza pacificadora internacional para enfrentar a estas bandas —cuyo rostro más visible es Jimmy Chérizier, alias “Barbecue”—, la misión ha demostrado una incapacidad absoluta para neutralizar a los grupos criminales que mantienen secuestrada a la nación.
Incluso, agentes de los servicios de inteligencia estadounidenses que operan en Haití han mostrado una pasividad sospechosa, llegando al punto de no reaccionar con firmeza ante el secuestro de líderes religiosos norteamericanos.
No es un secreto para nadie que organismos como la DEA y el FBI mantienen presencia permanente en países considerados el patio trasero de Norteamérica. Sin embargo, nada han hecho para frenar o desmantelar las pandillas haitianas, que actúan con total impunidad.
¿Acaso se ignora en Estados Unidos que fue precisamente desde su territorio donde se articuló la operación de mercenarios colombianos que ejecutaron el asesinato del primer ministro haitiano?
¿O que armas y mercenarios transitaron desde territorio dominicano sin que ni la seguridad estadounidense ni la nacional detectaran movimientos sospechosos?
Ahora se anuncia que en abril llegarán a Haití fuerzas norteamericanas “antipandillas”. La pregunta es inevitable:
¿Vendrán realmente a aniquilar a las bandas, o simplemente a repetir el fracaso de las misiones anteriores, dejando intacto el poder criminal que hoy gobierna Haití?
El tiempo, como siempre, tendrá la última palabra.



