¿Demócrata o dictador: quién pisotea soberanías?

La soberanía de Venezuela fue, a todas luces, violentada por decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando ordenó acciones dirigidas a capturar a su homólogo Nicolás Maduro.
Más allá de simpatías o antipatías políticas, el hecho plantea una pregunta incómoda: ¿puede llamarse demócrata quien atropella la soberanía de otro Estado?
En Honduras, durante un proceso electoral altamente cuestionado, el mismo mandatario estadounidense tomó partido de manera abierta, inclinando la balanza a favor de su candidato preferido.
El resultado fue una “victoria” marcada por denuncias y desconfianza, pero bendecida desde Washington.
En Haití, el escenario no fue distinto. Con la presencia de tres buques de guerra, y bajo la sombra de la influencia estadounidense, el exprimer ministro Alix Didier Fils-Aimé, afín a los intereses de Trump, terminó ocupando una posición de poder en una de las naciones más pobres y vulnerables del hemisferio. ¿Intervención humanitaria o imposición política?
Mientras tanto, Cuba atraviesa una severa crisis energética. No por incapacidad técnica, sino por decisiones tomadas desde Washington.
El gobierno estadounidense ha advertido y amenazado a países que intenten solidarizarse con la isla, asfixiándola mediante sanciones y presiones económicas. La política es clara: castigar a quien se atreva a ayudar.
Lo más preocupante es el silencio cómplice de muchos gobiernos que se autodefinen como demócratas y defensores de la soberanía de los pueblos.
Callan, retroceden y miran hacia otro lado cuando se trata de Cuba o de cualquier nación que no se alinee con los intereses del poder hegemónico. Ese silencio también destruye pueblos.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿Quién es realmente el demócrata y quién el dictador?
Porque si imponer gobiernos, manipular procesos electorales, desplegar fuerza militar, amenazar con aranceles y usar el poder económico para doblegar naciones no es dictadura, entonces habría que redefinir el concepto mismo de democracia.
A la luz de estos hechos, resulta evidente que quienes violan soberanías mediante la fuerza militar o la coerción económica no actúan como demócratas, sino como imperios. Y los imperios no consultan: ordenan.



