
Por Augusto Álvarez
Justo cuando el hombre levanta grandes obras, es el propio hombre —a través de la guerra— quien trabaja en su destrucción.
En Israel y las llamadas “tierras santas”, al mirar hacia lo alto, el cielo se ilumina con fuego, abajo, la muerte pavimenta el asfalto caliente.
Al hacer cálculos y preguntarnos quiénes sobrevivirán a la maquinaria guerrerista, avanzamos un trecho y vemos la riqueza y la miseria bordeando el Estrecho de Ormuz. Y es ahí donde, como dice el refrán, se retuerce la puerca el rabo.
El Estrecho de Ormuz es la única vía marítima directa que conecta el Golfo Pérsico con el océano abierto. Por sus aguas transita alrededor del 20 % del petróleo mundial y cerca de un tercio del gas natural que se comercializa en el planeta.
La riqueza que circula por ese corredor estratégico contrasta con la hambruna y la precariedad que se expanden en la otra orilla de la “arena sucia” por donde deambulan los sobrevivientes de la guerra.
Con apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más amplio y unos 13 kilómetros en el más estrecho, este paso marítimo se convierte en un embudo geopolítico capaz de estremecer economías enteras. Desde allí también se proyectan las crisis energéticas y alimentarias que golpean con mayor fuerza a los países más vulnerables.
Restringir el flujo del petróleo producido en los Emiratos y en otras naciones del Golfo, imponiendo un cuello de botella en Ormuz, equivaldría a asfixiar a múltiples economías dependientes del crudo. ¿Qué piensan realmente los beneficiarios de la guerra?
Por ahora, solo observamos destrucción y muerte en Israel e Irán, mientras el Estrecho de Ormuz se encoge en kilómetros y se agranda en tensión. La pregunta inevitable es: ¿qué nos traerá el día después?



