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La depredación impune de palmas a orillas del río Isabela

 

 depredación impune de palmas a orillas del río Isabela

Por Margarita de la Rosa

A escasos metros del río Isabela, a la altura del Residencial Puerta de Hierro, en ésta capital, se ejecuta a plena luz del día una práctica que constituye un crimen ambiental: la quema deliberada de palmas adultas para provocar su caída.

No se trata de hechos aislados ni de accidentes fortuitos. Es un método repetido, visible y tolerado.

Las evidencias son claras. Troncos calcinados a ras de suelo muestran la aplicación directa de fuego, una técnica rudimentaria pero efectiva para debilitar el árbol hasta matarlo. Sin motosierras, sin permisos y sin controles, las palmas que tardaron décadas en alcanzar su tamaño son destruidas en cuestión de minutos.

El daño no se limita a la pérdida del árbol. Las palmas ribereñas cumplen funciones esenciales: protegen el suelo, evitan la erosión, regulan la humedad y sostienen la biodiversidad. Su eliminación acelera el deterioro de un ecosistema ya gravemente afectado.

El río Isabela arrastra altos niveles de contaminación, un cauce reducido y la invasión de lila que limita su oxigenación. En ese contexto, destruir la vegetación de su ribera equivale a empujar al río hacia un colapso irreversible.

Lo más alarmante es la impunidad. La quema de árboles en la orilla de un río constituye una infracción ambiental grave. Sin embargo, no se observan acciones de vigilancia ni sanciones. El silencio institucional, frente a una práctica reiterada, termina convirtiéndose en complicidad.

No existe justificación válida para esta depredación. No hay argumento técnico, social ni económico que explique la destrucción sistemática de un patrimonio natural que no puede ser repuesto en el corto ni en el mediano plazo.

Lo que sí queda en evidencia es una profunda falta de conciencia ciudadana y una preocupante ausencia del Estado en la protección de los recursos naturales.

Cada palma quemada es una herida abierta al río. Y cuando desaparezcan la sombra, la estabilidad del suelo y la vida que aún resiste en sus riberas, no habrá excusas capaces de devolverle lo que el fuego consumió.

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