Segundo blackout en 92 días: ¿casualidad o incompetencia?

Por Augusto Álvarez
Después del apagón del 11 de noviembre pasado, alguien cercano al entorno presidencial comentó: “Quien falla una vez…”. No recuerdo cómo termina la frase, pero los hechos sí los recuerdo: el país volvió a apagarse.
El blackout de noviembre estremeció al Metro y dejó claro que el sistema eléctrico necesita inversión real, no discursos. Parecía que la infraestructura gritaba: “Atiéndanme”. Pero algunos funcionarios, más concentrados en las comodidades del cargo, las dietas y las cuotas de poder, habrían restado importancia a las advertencias técnicas.
El resultado está a la vista: otro apagón general.
En lugar de prevención, reacción tardía. En lugar de planificación, silencio. Y el silencio, cuando se administra lo público, cuesta millones.
La fragilidad del sistema eléctrico no es un misterio técnico; es un problema de gestión. Faltan especialistas en áreas clave y sobran nombramientos políticos.
Hay quienes llegan al Congreso prometiendo legislar por el país y terminan migrando a instituciones donde el salario roza el millón mensual. El mérito queda en segundo plano, la cercanía política, en primero.
Desde una subestación en Hainamosa se apagó el país. No fue un huracán. No fue un terremoto. Fue una falla que expuso vulnerabilidades acumuladas.
Dos apagones generales en tres meses no son anécdota. Son advertencia.



