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La condición de la mujer más allá de las ideologías

 

La condición de la mujer más allá de las ideologíasPor Margarita de la Rosa

Como mujer dominicana y como comunicadora, siempre he creído que los temas complejos merecen análisis serenos. No consignas, no propaganda, no descalificaciones fáciles.

Recientemente escuché un planteamiento que despertó mi curiosidad: que la mujer iraní ocupa espacios importantes en la educación superior, en la ciencia y en distintas áreas profesionales.

Esa afirmación contrasta con la imagen que muchas veces se presenta en Occidente, donde se describe a la mujer iraní únicamente desde la opresión y la invisibilidad.

Ante esa contradicción decidí hacer lo que corresponde a cualquier periodista: mirar el tema con más detenimiento y sin prejuicios.
Lo primero que descubrí es que la realidad, como casi siempre ocurre, es más compleja que las narrativas simplificadas.

En Irán, por ejemplo, distintas investigaciones señalan que las mujeres han alcanzado una presencia significativa en la educación superior y en campos científicos y profesionales. Hay médicas, ingenieras, investigadoras y profesoras universitarias que han logrado destacarse en ámbitos de alta formación académica.

Sin embargo, ese avance educativo convive con restricciones legales, sociales y políticas que todavía limitan plenamente la autonomía femenina en varios aspectos de la vida pública y privada. Es decir, hay logros que no necesariamente se traducen en igualdad completa en todos los espacios.

Esa paradoja —avance educativo junto a limitaciones estructurales— obliga a mirar la realidad con matices.

Pero hacer esta reflexión sobre Irán tampoco debería servir para que Occidente se mire al espejo con autosuficiencia.

En países como el nuestro, donde formalmente existen libertades civiles y derechos reconocidos para las mujeres, la realidad también presenta contradicciones profundas.

República Dominicana sigue enfrentando altas tasas de feminicidio, una violencia que cada año deja familias destruidas y niños huérfanos. Persisten también embarazos en adolescentes en niveles preocupantes, así como una gran cantidad de hogares encabezados por mujeres que deben asumir solas la responsabilidad de criar y sostener a sus hijos.

A esto se suma otra desigualdad silenciosa: la limitada presencia femenina en posiciones de dirección económica y empresarial, tanto en el sector público como en el privado.
Es decir, mientras en algunos lugares del mundo el desafío puede estar en restricciones institucionales o culturales, en otros —como el nuestro— el problema se manifiesta en la violencia, la desigualdad social y el abandono de responsabilidades familiares.

Por eso, cuando se habla de la condición de la mujer en distintas sociedades, conviene evitar dos errores frecuentes: idealizar realidades ajenas o absolver automáticamente las propias.
Las estadísticas pueden ofrecer pistas importantes, pero quienes hemos ejercido el periodismo durante años sabemos que también deben analizarse con cautela.
Los números no siempre capturan toda la complejidad de los fenómenos sociales. Hay datos incompletos, metodologías diferentes y realidades que muchas veces no quedan registradas en los informes oficiales.
Por esa razón, más que usar cifras como armas ideológicas, lo sensato es utilizarlas como herramientas para comprender mejor las realidades humanas.

Lo esencial, al final, es recordar que la causa de la mujer no pertenece a ninguna ideología ni a ningún bloque geopolítico. La dignidad femenina no tiene fronteras.

Las mujeres del mundo —ya sea en Medio Oriente, en Europa, en América Latina o en el Caribe— comparten aspiraciones muy similares: respeto, seguridad, igualdad de oportunidades y reconocimiento de sus capacidades.

Ese debería ser el centro de cualquier debate serio. No se trata de defender modelos políticos ni de justificar sistemas culturales. Se trata de algo más simple y más profundo: que ninguna mujer tenga que vivir con miedo, discriminación o desigualdad por el simple hecho de ser mujer.
Escribo estas líneas no para convencer a quienes ya tienen una visión cerrada del mundo. Las convicciones ideológicas rígidas rara vez cambian con argumentos.

Escribo para quienes todavía creen en el valor de la reflexión honesta. Porque, al final, más allá de las narrativas y de las disputas políticas, la verdadera causa es la misma en cualquier lugar del planeta: justicia, respeto y dignidad para todas las mujeres.

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