Managuá: una loma hídrica no se abre con bulldozer

Por Margarita de la Rosa
Hay imágenes que deberían bastar para encender todas las alarmas ambientales.
Una de ellas es la de un bulldozer abriendo trochas en una loma, área protegida y donde nacen ríos.
Eso es exactamente lo que hoy inquieta a las comunidades de Bayaguana frente a las intervenciones que se han producido en la Loma de Managua, un ecosistema que durante generaciones ha sido conocido no por carreteras ni por maquinarias pesadas, sino por algo mucho más valioso: el agua que brota de sus entrañas.
Desde esa elevación nacen cinco ríos, además de numerosos arroyuelos que bajan serpenteando entre raíces y piedras hasta alimentar los balnearios, cascadas y charcos donde cada semana acuden cientos de visitantes en busca de un momento de descanso en medio de la naturaleza.
Subir a esa loma siempre ha sido una experiencia distinta.
Allí no se llega siguiendo carreteras ni caminos anchos.
Se llega caminando por senderos que parecen dibujados por la propia montaña, rodeando troncos, esquivando raíces, escuchando el canto de los pájaros y el murmullo del agua que comienza a nacer.
Así es como se manejan en todo el mundo los ecosistemas frágiles.
En las lomas donde nacen ríos no se abren carreteras ni caminos vecinales.
Se habilitan senderos ecológicos, diseñados cuidadosamente para permitir el paso de excursionistas sin alterar el equilibrio del bosque ni dañar los nacimientos de agua.
Por eso resulta tan difícil entender la justificación de caminos vecinales abiertos con maquinaria pesada, lo suficientemente amplios como para permitir el tránsito de vehículos en doble dirección.
Una loma hídrica no se maneja con bulldozers.
Se maneja con criterios científicos, con conocimiento ecológico y con respeto por el ciclo natural del agua.
Cada árbol cumple una función.
Cada raíz sostiene el suelo.
Cada sombra ayuda a conservar la humedad que permite que los manantiales sigan brotando.
Cuando se tumban árboles o se remueve el terreno con maquinaria pesada, lo que se afecta no es solo el paisaje.
Se afecta el delicado sistema que permite que el agua siga naciendo.
Por eso las comunidades han reaccionado.
No se trata de un simple desacuerdo ni de una protesta circunstancial.
Es la defensa de un patrimonio natural que ha sido respetado durante décadas.
Durante años, cuando la loma sufrió incendios forestales en épocas de sequía, la respuesta fue reforestarla.
Esa política de recuperación permitió que hoy la montaña conserve su verdor y su riqueza natural.
Por eso preocupa escuchar que instituciones cuyo mandato está ligado a la distribución de tierras, como el Instituto Agrario Dominicano (IAD), aparezcan vinculadas a decisiones que involucran un área cuya importancia radica precisamente en su valor ambiental.
Una loma donde nacen ríos no es un terreno cualquiera. Es una reserva natural de agua.
Y el agua, en un país cada vez más presionado por el crecimiento urbano y el cambio climático, es uno de los recursos más valiosos que tenemos.
Mañana, los comunitarios realizarán un encendido de velas en defensa de la Loma de Managua, un gesto sencillo pero profundamente simbólico.
Las velas encendidas no solo iluminarán la noche. Recordarán algo esencial: que las montañas donde nace el agua son, en cierto modo, territorios sagrados para la vida de las comunidades.
Y los territorios que garantizan el agua no se abren con bulldozers. Se protegen.



