Policía en picada, poder en negación y la mente aclarándose
Cambian los jefes, pero el libreto sigue igual, con un panorama que se percibe tétrico y sumamente delicado

Buenos días.
La verdad es que la Policía Nacional de la República Dominicana parece tener mucha mala suerte.
Se fue un director, Ramón Antonio Guzmán Peralta, cuya gestión estuvo marcada por un aumento alarmante de la inseguridad, con asaltos por doquier, incluso hasta en bancos y vehículos del transporte público.
Las llamadas “ejecuciones extrajudiciales” —que muchos califican como asesinatos— llegaron a ser colectivas. Y hay quienes esperaban la salida de Guzmán Peralta de la jefatura para accionar legalmente por varios casos cuestionados. Veremos. Adelante. Llegó su hora.
La muerte de un agente de la Dirección Nacional de Control de Drogas y de dos marinos, ocurrida en una cabaña del kilómetro 12 de la carretera Sánchez, no puede quedar impune. Y recuerden: Guzmán Peralta mandó a informar que “cayeron abatidos” al enfrentar una patrulla policial.
Sin embargo, versiones posteriores y materiales audiovisuales demostraron que se trató de una ejecución colectiva, lo asesinaron. Fue un triple linchamiento que aún exige respuestas claras. Y guzmán Peralta, le mintió al país. Lo agarraron vivos y después fueron ejecutados.
Lo mismo ocurrió en La Barranquita, en Santiago, donde cinco jóvenes perdieron la vida. Inicialmente Guzmán Peralta mandó a comunicar que enfrentaron a una patrulla y después, investigaciones oficiales indicaron que ninguno disparó. Las contradicciones pesan. Y pesan mucho. Y llegó la hora de que los familiares de esas víctimas acciones contra los criminales y contra los mentirosos, que injuriaron a esos jóvenes aún después de muertos.
Si en el país existe verdadera transparencia —que la mayoría de dominicano pone en duda— la gestión policial pasada debería ser auditada a fondo. Hay demasiadas preguntas sin contestar y necesitan respuestas certeras.
También se espera que la Procuraduría, especialmente su área anticorrupción, revise lo ocurrido en la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESETT) durante la administración de Guzmán Peralta. Una auditoría reveló irregularidades preocupantes, según denuncias depositadas con pruebas en la Procuraduría. Hasta ahora, El ministerio Público ha mantenido silencio. Y por ese silencio, hay complicidad por omisión.
Y la mala suerte continúa: salió uno cuestionado y llegó otro aún más discutido. Una designación que ha generado críticas, sobre todo por auditorías previas realizadas en el Hospital Docente de la Policía, cuyos resultados también levantaron cejas. En cualquier democracia seria, esos informes bastarían para frenar ascensos. En la democracia dominicana, fueron premiadas. Y quienes hicieron el trabajo correcto, que detectaron esas irregularidades, castigados. Ese es el cambio. Esa es la transparencia que nos venden.
Y ojo con el general Andrés Cruz Cruz. Ya se vislumbra una división en la Policía, y la cacería iniciada desde la Inspectoría contra oficiales de todos los rangos que trabajaron en otras gestiones —apostamos peso a moriqueta— podría convertirse en el pan de cada día dentro de la institución, ahora que el hombre está en el trono mayor.
Y como prueba basta un botón: la mayoría de los generales no fue invitada a su toma de posesión, ni siquiera aquellos afines al PRM. Se recuerda que Cruz Cruz proviene del PLD y que fue hombre de confianza, protegido por el entonces ministro de Interior y Policía en el gobierno de Danilo Medina, así como por el ministro de Defensa, Muñoz Delgado, en ese mismo régimen. Que lo desmientan si no es así.
Y atención: si se investigara a fondo la presunta venta de municiones a criminales y pandilleros haitianos, los resultados podrían ser desastrosos. Y punto.
Llamó la atención que muchos generales no fueran invitados a la toma de posesión del nuevo director. En los pasillos se comenta sobre viejas lealtades políticas y padrinazgos pasados. Son rumores que deberían aclararse con hechos, no con discursos. Eso de no invitar a todos los generales, fue algo que nunca había ocurrido. El alto mando policial debió estar ahí, pero la división a lo interno de la PN y la retaliación, lo impidió.
En política, mientras tanto, el refrán cambia: entre bomberos no se pisan las mangueras, pero en el PRM se tiran los trapos. Se dice que Wellington Arnaud anda más enfocado en cámaras que en resultados. Comentarios que reflejan tensiones internas.
El presidente Luis Abinader debe saber que el liderazgo no se improvisa ni se impone, que se construye con coherencia, firmeza y resultados. Gobernar es sumar confianza, no restarla. Cuando se desplaza a los propios para rodearse de nuevos aliados cuestionados, la factura llega.
Y no es simple retórica. Ahí están las críticas recurrentes a instituciones y programas como el Sistema 9-1-1, Punta Catalina, el Metro, Senasa, la OMSA, PROMESE, las EDES y sus circuitos 24 horas, el transporte público y hasta Merca Santo Domingo. Los programas sociales tampoco escapan al escrutinio ciudadano.
La prometida reforma policial comenzó importando comisionados extranjeros, importados, y rebautizando la institución como “la nueva Policía”. Pero el resultado, según muchos sectores, dista de lo prometido. Auditorías pasadas, informes incómodos y decisiones polémicas siguen siendo parte del debate público.
Paradójicamente, la única sanción visible recayó sobre el coronel que ejecutó una orden formal de auditar organismos policiales que reciben fondos del Estado. Fue retirado. Un mensaje que deja más preguntas que respuestas.
Así estamos: una Policía en tensión, un gobierno bajo presión y un país que observa, cada vez con menos paciencia. Y cuando la paciencia se agota, la historia cambia de rumbo.
El alcalde Dío Astacio encontró recursos para construir reductores de velocidad —los llamados “policías acostados”— que han sido duramente criticados por conductores, debido a los daños que causan a los vehículos, los taponamientos que generan y los frecuentes incidentes viales asociados a su instalación. Sin embargo, ha sido incapaz de reparar un hoyo que está justo entre esos mismos reductores, agravando aún más el caos en esa vía y poniendo en riesgo a quienes transitan por ella. Qué vergüenza. Cuánta ineficiencia.
La gráfica habla por sí sola. Vea:




