INTERNACIONALESOPINION

¡Lo social, es lo social!

 

Por Antonio Ledezma

Frente a la tragedia que atraviesa nuestra nación, conviene decirlo con claridad meridiana: la crisis que asfixia a Venezuela no es el resultado de un error de gestión ni de simples fallas administrativas; es la consecuencia directa de un régimen de naturaleza dictatorial que ha instrumentalizado la miseria como mecanismo de control social.

En ese contexto, rescatar el principio de que “lo social, es lo social” no es una consigna retórica: es un acto de resistencia moral y una afirmación de derechos humanos esenciales.

Porque lo social no es una dádiva del poder, ni una política opcional sujeta al capricho ideológico de quienes gobiernan. Lo social es, en esencia, la garantía de la dignidad humana. Y donde la dignidad humana es vulnerada de manera sistemática, no puede hablarse de democracia, ni de justicia, ni siquiera de civilización política.

La política, cuando es auténtica, no puede entenderse sin la satisfacción de las necesidades más apremiantes del ser humano. No se puede pretender liderar a un pueblo bajo la sola premisa del sufragio si, al mismo tiempo, se le arrebatan sus derechos fundamentales. Un gobernante que ignora el hambre, la sed y las enfermedades de sus ciudadanos ha perdido toda legitimidad, porque la democracia no termina en la urna; comienza en la garantía de una vida digna.

El presidente electo, Edmundo González, ha sido claro al señalar que la falta de servicios básicos no es un simple descuido administrativo, sino una violación sistemática de los derechos humanos. Cuando un hogar pasa semanas sin agua potable, no estamos ante una falla técnica: estamos ante una agresión a la dignidad humana. El agua es vida, y negarla es una forma silenciosa de represión estructural.

Lo insólito es que Venezuela ha sido dotada no solamente por esa inmensa reserva de hidrocarburos sobre la que posan sus ojos intereses políticos y económicos desde los más disímiles confines del planeta Tierra. Además, cuenta con centenares de ríos, algunos tan caudalosos como el Orinoco y el Caroní. A ese potencial hídrico se suman acueductos construidos en tiempos de democracia, represas, embalses y plantas potabilizadoras. ¿La paradoja? La gente se está muriendo de sed, como ocurre hoy en la histórica ciudad de Cumaná, en el estado Sucre.

Pero el drama no se detiene en el grifo seco. Lo social abarca también el derecho a una salud que no sea una lotería entre la vida y la muerte. En una dictadura que continúa gastando fortunas en propaganda mientras faltan insumos médicos, nuestros centros de salud se han convertido en monumentos al abandono. Es una agresión contra los ciudadanos que acuden a un hospital y no son atendidos, o a quienes se les dice que deben llevar sus propios insumos para poder ser operados. Eso no es un sistema de salud: es la institucionalización del abandono.

Asimismo, la educación de nuestros niños y jóvenes —el único capital real de una nación— está siendo desmantelada. Una educación integral no es solo un aula abierta; es la formación de ciudadanos libres, algo que todo sistema autoritario intenta socavar. Los niños en Venezuela reciben apenas dos días de clases a la semana, en instalaciones deterioradas, sin laboratorios, sin servicios básicos, con docentes que sobreviven con salarios paupérrimos en medio de una inflación devastadora. Destruir la educación es condenar el futuro.

Cualquier gobierno del mundo que se precie de entender la humanidad debe asumir estos derechos sin miramientos. El acceso al agua potable, a la electricidad, a hospitales equipados y a escuelas dignas no son privilegios: son obligaciones básicas del Estado y derechos humanos esenciales. En Venezuela, la carencia de estos servicios es la cara cotidiana de la tiranía.

Reconstruir el país significa entender que la libertad política es inseparable del bienestar social. No habrá democracia verdadera mientras la gente no tenga agua, luz, salud y educación. La libertad no se sostiene sobre la miseria.

Por eso debemos repetirlo, sin cansancio y sin confusión conceptual: lo social no es propaganda, lo social no es clientelismo, lo social no es control político. Lo social es dignidad humana. Lo social es justicia. Lo social es libertad.

Y por eso, hoy más que nunca, debemos reafirmarlo con firmeza moral y claridad política:
¡Lo social, es lo social!

Antonioledezma.net

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