
Por Augusto Álvarez
Resulta sencillamente indignante que, en pleno siglo XXI, enfermeras y enfermeros en la República Dominicana perciban salarios de apenas 7,500 pesos mensuales.
Más grave aún que durante la pandemia de la Covid-19 fallecieron alrededor de 90 profesionales de enfermería en el cumplimiento de su deber. ¿Se ha olvidado ya ese sacrificio?
Es de conocimiento público —y suponemos que también del presidente de la República— que enfermeras egresadas de universidades reciben ingresos que apenas rondan los 10,000 pesos mensuales, una cifra que no guarda relación alguna con la formación académica, la responsabilidad ni el riesgo que implica su labor diaria.
Quienes sostienen el funcionamiento de los centros de salud merecen mucho más que reconocimientos simbólicos.
Otorgarles la importancia real que tienen debería ser una prioridad nacional. Para el Estado dominicano, resulta una auténtica vergüenza que personal paramédico sobreviva con salarios de extrema precariedad.
De acuerdo con denuncias de directivos del gremio de enfermería, en el hospital de San Francisco de Macorís algunas auxiliares estarían recibiendo ingresos de apenas 7,500 pesos mensuales.
¿Han sido informados de esta situación el ministro de Salud Pública y el director nacional de Salud? Y de ser así, ¿han comunicado esta realidad al presidente de la República?
Resulta inadmisible que quienes encabezan el Gabinete de Salud ignoren que, durante la pandemia, 90 enfermeras perdieron la vida atendiendo a una población vulnerable y desprotegida.
Así marcha la salud pública en el país, entre la indiferencia institucional y la falta de atención a quienes lo dieron todo en el momento más crítico.
Y pareciera que, desde algún lugar, ya se comienza a escribir la segunda parte de “El pueblo se queja”… pero esta vez, sin versos.



