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La reforma no empieza con el uniforme

Por Jesús Soliver

Mientras no reformemos la sociedad, no podemos esperar que lo que de ella emane sea distinto.

Pretender una policía eficiente, íntegra y comprometida, cuando la raíz misma de donde proviene está corroída por la desconfianza, el oportunismo y la falta de ética, es simplemente ilusorio.

Haga la prueba: pregúntele a un grupo de estudiantes de último año de bachillerato cuántos desean ser policías. Probablemente muy pocos levanten la mano.

Y si se da el trabajo de dar seguimiento a esos pocos, es muy probable que muchos no estén motivados por una vocación de servicio, sino por otra razón: la percepción de que dentro de la institución hay oportunidades para enriquecerse rápidamente, y no siempre por medios transparentes.

Basta observar que en ciertos departamentos de la Policía Nacional, hay miembros que ostentan un nivel de vida económicamente inexplicable. Basta una “auditoría visual” para que salten las alarmas. ¿De dónde provienen esos vehículos de lujo, esas propiedades, ese nivel de vida que no se corresponde con un salario formal en el sector público?

Hace un tiempo reflexioné sobre una comparación que puede parecer sencilla pero dice mucho: ¿cuántos abogados dominicanos conocemos que sean multimillonarios? Ahora bien, ¿cuántos generales dominicanos conocemos que no lo sean?

Si hacemos un cálculo rápido y multiplicamos el salario de un general durante 30 años —y recordemos que no siempre fueron generales ni dejaron de tener gastos—, difícilmente se llegue al patrimonio que muchos de ellos exhiben. Algo no cuadra.

Por eso, creer que la reforma policial se logrará con nuevos uniformes, cambios de nombre o campañas publicitarias es subestimar la profundidad del problema. El cambio debe ser estructural, ético y social.

La sociedad necesita redefinirse, para que quienes lleguen a ocupar un cargo público —sea en la policía o cualquier otra institución— lo hagan con un sentido de responsabilidad y compromiso real.

Hoy por hoy, la imagen del policía inspira más temor que confianza. No es raro que el ciudadano común, al ver una patrulla, sienta inseguridad en lugar de protección.

Esa distorsión del rol que debería tener el agente del orden es una de las consecuencias más graves de no haber hecho las reformas de fondo cuando se debieron hacer.

Si queremos una policía diferente, debemos empezar por ser una sociedad diferente. Porque ningún uniforme nuevo puede ocultar la vieja cultura de impunidad y privilegio que, tristemente, aún impera en muchas instituciones.

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