Salir de Ciudad Juan Bosch por Las Américas es un acto suicida
Abandono total, autoridades fantasmas y un gobierno con los ojos cerrados. En la Basílica hubo oración y recogimiento… y afuera, carteristas haciendo su agosto en nombre de nadie.

Buenos días…
Parece que una diarrea política aguda anda suelta entre ciertos turpenes del PRM, muy allegados al poder. Lo curioso es que el brote aparece justo cuando corren rumores, desde Estados Unidos, de que algunos se van… y no precisamente de vacaciones. Coincidencias que hieden.
¡Cógelo, Picante! estuvo en la Basílica Nuestra Señora de la Altagracia, en Higüey, y allí se quedaron esperando al presidente Luis Abinader. Nunca llegó.
El rumor entre los fieles era claro: Abinader prefirió no ir para no escuchar los foetazos verbales que el obispo, supuestamente tenía preparados contra un gobierno que no enfrenta los problemas nacionales, los deja crecer y hoy tiene al país patas arriba. Dicen que hasta la Virgen anda preocupada. ¡Ave María Purísima!
Eso sí, quienes sí hicieron su agosto —en pleno enero— fueron los carteristas. Muchos fieles fueron asaltados. A una seguidora de este ¡Cógelo, Picante!, ay Dios, le robaron su celular. Devoción, fe… y delincuencia.
Cuando hablamos, hablamos con pruebas. Existen dos auditorías al Hospital de la Policía Nacional que revelan gravísimas irregularidades, en perjuicio del Estado dominicano. Los responsables señalados: el hoy inspector general de la Policía, general Andrés Cruz Cruz, y un coronel, compadre y compueblano de Chu Vásquez.
Sería una vergüenza nacional que el presidente Abinader designe como director de la Policía a cualquier oficial que huela a corrupción o que haya sido mencionado, aunque sea de refilón, en temas de drogas. Y punto.
En este país hay denuncias todos los días: corrupción, abusos policiales, ejecuciones, violencia barrial, robos y asaltos. El único que no ve nada es el presidente. De ahí la furia de los obispos. Ya está bueno de mentirle al país y vender en el extranjero una postal que aquí nadie vive.
Y a los organismos internacionales que viven hablando peplas sobre las “maravillas” dominicanas, que lean la Carta Pastoral y después opinen.
Lo dijimos hace dos días, con fotos en la mano: Salir de Ciudad Juan Bosch por la autopista Las Américas es confesarse con Lucifer.
Esa vía no tiene doliente. Es invisible para el Ministerio de Obras Públicas y para el Ayuntamiento de Santo Domingo Este, si es que todavía existe. Cuando llueve, el carril norte-sur se convierte en una trampa mortal: intransitable, peligroso, caótico.
Llovió el martes. El miércoles, las imágenes hablaron solas. No denunciamos por deporte. Ahí está la prueba:


Video:
https://www.youtube.com/shorts/lRJGWUs5Xlg?feature=share

Nos cuentan que el alcalde Dío Astacio es muy sensible, que se incomoda por todo. Si eso es cierto, hay que preguntar: ¿qué tipo de gerente es ese?
Astacio fue electo para resolver, no para andar diciendo disparates en los medios. Su gestión es una vergüenza, igual o peor que la de Manuel Jiménez.
Santo Domingo Este es un caos de marca mayor:
- La avenida San Isidro, recién “reparada”, se convierte en una laguna cuando llueve.
- La avenida Ecológica, un desastre permanente.
- La carretera Mella, llena de hoyos de punta a punta.
- La Charles de Gaulle, otro infierno vial.
- La Hípica, inundada cada vez que caen cuatro gotas.
Y mejor ni hablar de la Marginal de Las Américas, ni de la mayoría de las calles barriales. Santo Domingo Este no tiene doliente. Y mientras tanto, el ciudadano paga el abandono… con su tiempo, su vehículo y su vida.
Lo de SENASA sigue caliente. Muy caliente. Y lo que está saliendo a la luz no es poca cosa. Para muchos, esto apunta a ser el caso de corrupción más grande en la historia reciente de la República Dominicana. Un escándalo que huele mal desde lejos y que todavía no se ha contado completo.
Lo más grave no es solo lo que se ha revelado, sino lo que falta por salir. Porque, seamos claros: no están todos los que son. Hay turpenes de alto calibre, figuras sumamente poderosas, que hasta ahora ni siquiera han sido mencionadas, mucho menos investigadas. Y no es por casualidad.
Aquí hay protecciones evidentes, silencios sospechosos y una cadena de encubrimientos que apunta hacia arriba, muy arriba. Mientras algunos pagan —o fingen pagar— las consecuencias, otros siguen intocables, blindados por el poder político y las complicidades de siempre.
Si de verdad se quiere limpiar SENASA y recuperar la confianza pública, la investigación no puede quedarse a medias. Porque cuando solo caen los chiquitos y los grandes se esconden, no es justicia: es teatro. Y el país ya está cansado de funciones repetidas.



