La eternidad de los recuerdos

Por Margarita de la Rosa
Qué inmenso valor tienen los recuerdos cuando las huellas del tiempo comienzan, poco a poco, a dejar su marca en nuestra existencia. Cuando la memoria se vuelve frágil, cuando el cuerpo se cansa, cuando la vida nos recuerda que todo es pasajero… los recuerdos se convierten en refugio, en raíz, en luz.
El pasado sábado fui invitada a participar en una hermosa sorpresa con motivo del cumpleaños de mi querida amiga Mónica Martínez.
Al verla rodeada de amor, hijos, amigos y afectos, mi alma viajó hacia atrás, hacia aquel tiempo en que éramos apenas unas jovencitas, unidas por un mismo ideal: organizar a la juventud en el movimiento estudiantil revolucionario.
Cuando me la presentaron por primera vez, me impresionó su dominio de la palabra, su inteligencia natural, su voz firme y clara. Ya entonces brillaba.
Y allí, en medio de aquella celebración, regresaron los recuerdos…
A pesar del inevitable proceso cognitivo que el tiempo va dejando en todos nosotros, más de cincuenta años de amistad desfilaron ante mi memoria como una película viva. Cada escena cargada de emociones, luchas, sueños y complicidades.
Sentí, una vez más, que la vida me había regalado una hermana. Una compañera con la que coincidí en el profundo deseo de sembrar valores y principios en una juventud que crecía en tiempos de represión, de silencios impuestos y de libertades negadas.
Juntas alzamos la voz.
Desde los clubes.
Desde el movimiento estudiantil.
Desde la poesía coreada en las calles.
Desde la esperanza.
Hicimos sentir nuestra protesta con dignidad, con coraje, con amor por la justicia.
Y esos recuerdos, tan vivos, tan nuestros, arrancaron lágrimas, risas y profundas reflexiones. Nos recordaron quiénes fuimos, quiénes somos y por qué seguimos creyendo.
Porque hay amistades que no envejecen.
Hay luchas que no se olvidan.
Y hay memorias que viven para siempre en el corazón.



