Elías Piña vive bajo miedo, es tierra sin ley y autoridades ausentes
Motociclistas sin freno, caos total y operativos migratorios bajo sospecha

Buenos días.
Lo que ocurre en la provincia Elías Piña no es una exageración, es una alarma roja. La gente vive en pánico. La sensación de abandono es total. La autoridad, sencillamente, no se siente.
La calle está fuera de control. Los motociclistas hacen lo que quieren, se meten entre vehículos, cruzan en rojo, invaden carriles y, cuando provocan un accidente, desaparecen como si nada. No hay régimen, no hay orden, no hay consecuencias.
La autoridad brilla por su ausencia. La Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre no logra imponer respeto, y el caos se ha convertido en norma. Esto no es imprudencia aislada: es anarquía vial.
Y mientras el tránsito colapsa, los operativos de la Dirección General de Migración en Santo Domingo Este generan más críticas que resultados.
Ciudadanos denuncian redadas improvisadas, falta de transparencia y supuestas irregularidades, donde detenidos recuperan su libertad en cuestión de horas. Si eso es cierto, estamos ante unos problemas serios… operativos que parecen espectáculo, pero que no resuelven nada.
La población exige orden real, no simulación. Exige autoridad firme, no parches mediáticos. Porque cuando la ley no se siente en la calle, el mensaje es claro: cualquiera hace lo que le da la ganas.
En las calles, la inseguridad se palpa. La presencia policial es mínima y, cuando ocurre un incidente —especialmente de tránsito—, los agentes de la DIGESETT casi nunca aparecen. Es como si el uniforme fuera decorativo.
Y lo grave es que no hay a quién reclamarle. El presidente Luis Abinader anuncia planes y reformas, pero en la calle la realidad es otra: mucha promesa, poco resultado. Mucha espuma, poco contenido.
En definitiva, el tránsito es un desorden crónico en la República Dominicana, pero lo de los motociclistas ya es anarquía pura. La autoridad mira hacia otro lado.
El alcalde de Santo Domingo Este es un edil distraído, con prioridades torcidas. En medio del caos, parece más preocupado por la imagen que por el orden. Se anuncia “guerra” contra patinetas eléctricas, mientras triciclos y ventas ambulantes ocupan vías principales, agravando el desorden.
La incoherencia es evidente: se combate lo pequeño y se tolera lo que realmente genera caos. Así es Dío Astacio… Mucha espuma, poco contenido.
Desde Los Alcarrizos llegan denuncias constantes: robos, asaltos y puntos de drogas en esquinas y callejones. La comunidad dice estar “harta” y acusa a la Policía de hacerse de la vista gorda.
En Pedro Brand y sectores de San Cristóbal, el panorama no es mejor. Delincuencia y microtráfico mantienen a la población en zozobra.
Más delicado aún: ciudadanos afirman que en San Cristóbal hay miembros policiales vinculados al microtráfico. Si eso es cierto, no es rumor: es una bomba que debe investigarse con urgencia.
La confianza en la Policía está en su punto más bajo. Los cambios recientes no han generado resultados visibles y la llamada reforma policial sigue empantanada.
La percepción ciudadana es clara: no se sienten protegidos. No creen en la Policía ni en el Ministerio Público. Y cuando un pueblo pierde la fe en sus instituciones de seguridad, el problema es estructural.
Pero si en el Gran Santo Domingo o Santiago hay temor, lo de Elías Piña es más grave. Allí, según denuncias comunitarias, operan bandas que parecen moverse con comodidad inquietante.
En municipios como Hondo Valle, los fines de semana el control parece cambiar de manos. Los delincuentes imponen reglas. La autoridad se diluye.
En Elías Piña y sus alrededores, se habla de estructuras mixtas —dominicanos y haitianos— dedicadas a:
• Microtráfico.
• Tráfico de personas desde Haití.
• Tráfico de armas y drogas en ambos sentidos.
Si el control fronterizo no se asume con firmeza, esa zona puede convertirse en un territorio dominado por estructuras criminales organizadas.
Y un mensaje directo a la Dirección General de Migración: la lucha contra la inmigración ilegal no puede ser un espectáculo nocturno ni una redada para la foto. Hay denuncias de supuestos “negocios” donde detenidos recuperan su libertad en pocas horas. Si eso ocurre, no es descontrol: es complicidad.
El país no puede normalizar el miedo. No puede aceptar que la delincuencia marque la pauta.
Cuando la ciudadanía camina con temor, cuando las autoridades no inspiran respeto y cuando la frontera se percibe frágil, el problema no es aislado: es sistémico. Y la pregunta es directa: ¿Quién está realmente al mando?



