Las tres “democracias” especiales del día: Perú, Ecuador y Haití

Por Augusto Álvarez
La crisis en Haití solo sorprende a quienes se empeñan en no ver lo que está frente a sus narices.
Pero, ¿por qué se silencia la cruda realidad de Ecuador? En Ecuador, el presidente Daniel Noboa enfrenta un escenario delincuencial donde, durante años, las cárceles se convirtieron en centros de mando del crimen organizado.
Desde allí se dictaron reglas, se ordenaron masacres y se desafió abiertamente al Estado. Un país donde el poder institucional ha tenido que disputarse palmo a palmo frente a estructuras criminales que no piden permiso.
En Haití el panorama es aún más crudo. En Haití, las bandas dejaron de ser un problema de seguridad para convertirse en el verdadero poder territorial tras el magnicidio del presidente Jovenel Moïse. Hoy controlan barrios, puertos, carreteras y hasta decisiones políticas. El Estado haitiano, sencillamente, fue desplazado.
Entonces surge la pregunta incómoda: si quienes deciden en Estados Unidos y otros actores internacionales tienen tanta influencia en la región, ¿por qué no logran —o no quieren— desmontar el poder real de las bandas en Haití? Se habla mucho, se interviene mucho, se promete mucho… y el resultado es el mismo: caos.
En las dos naciones citadas, la crisis político-social ha contado con injerencias, asesorías y presiones externas. Washington ha “metido las narices”, como suele decirse. ¿Y qué ha cambiado en esencia? Poco o nada.
La tercera “democracia especial” es Perú. En la última década, ese país andino ha tenido una sucesión vertiginosa de presidentes, destituciones, renuncias y gobiernos interinos. Un carrusel político que erosiona cualquier noción de estabilidad institucional.
Cambiar de liderazgo puede ser saludable en una democracia. Pero cambiar de presidente como quien cambia de camisa, mientras el país cruza el río, no es fortaleza: es fragilidad estructural.
El desorden institucional peruano, especialmente a nivel presidencial, supera al de muchas otras naciones que también presumen de practicar la “democracia”. Allí, la pugna entre Ejecutivo y Congreso ha convertido la gobernabilidad en una batalla permanente.
Y cualquier observador, incluso principiante en política, podría concluir que la ceguera —o el cálculo frío— de sectores militares, empresariales y congresuales termina fabricando presidentes desechables. Figuras que duran meses, a veces semanas, como si la tarea fuera designar un nuevo mandatario cada vez que la crisis aprieta.
Tres países. Tres crisis profundas. Tres modelos que se autodenominan democráticos, pero que exhiben fisuras severas entre el discurso y la realidad.
La pregunta no es si son democracias.
La pregunta es qué tipo de democracia están practicando… y para quién.



