Quiérase o no, ya estamos dentro de la guerra

Ya habíamos visualizado que, de algún modo, terminaríamos involucrados en la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos.
¿La conexión? El petróleo.
El precio del barril depende, en gran medida, de lo que ocurra en el Estrecho de Ormuz, una vía estratégica por donde circula cerca del 20 % del petróleo mundial.
No importan promesas ni discursos políticos: los grandes capitales no subordinan sus ganancias a caprichos ideológicos.
Cuando los dogmas dominan las decisiones políticas, resulta difícil poner fecha a los acontecimientos que terminan afectándonos a todos.
La activa injerencia de Estados Unidos en la industria petrolera de Venezuela, sumada a su presencia militar en las naciones del Golfo y a la posibilidad de controlar el Estrecho de Ormuz, plantea una pregunta inevitable: ¿quedan opciones?
Claro que las hay. Pero todas conducen al mismo resultado: un barril de petróleo más caro.
Y eso significa que, aunque no disparemos un solo misil, ya somos parte de la guerra.
Al formar parte de la cadena de los llamados países democráticos, nuestra posición puede tener peso político. Pero en el plano económico, las consecuencias son otras.
El encarecimiento de la energía, la presión sobre las economías importadoras y el impacto en los precios internos serán inevitables.
Lo demás —como siempre— quedará al juicio de los hechos.



