INTERNACIONALESOPINION

Quiérase o no, ya estamos dentro de la guerra

Cinco años después, comienza en Miami el juicio por el magnicidio de Jovenel Moïse

Augusto Álvarez

Cinco años después del magnicidio del presidente haitiano Jovenel Moïse, un tribunal federal de Miami inició el juicio contra varios implicados en el complot que terminó con su vida.

El 7 de julio de 2021, un grupo de 17 colombianos asesinó al mandatario haitiano en su residencia de Pétion‑Ville, según las investigaciones difundidas en aquel momento.

Ahora se abre una nueva etapa judicial. Trascendió que cinco implicados en el complot ya han sido condenados a cadena perpetua, mientras otros sospechosos siguen bajo investigación por su posible participación en el magnicidio del jefe de Estado haitiano.

Desde aquel trágico acontecimiento en que fue eliminado Moïse, Haití vive una crisis permanente, marcada por la inestabilidad política y el avance de las bandas armadas, que han llegado incluso a dominar zonas cercanas a la mansión presidencial.

Durante años se desconocía que algunos de los implicados en el magnicidio habían sido trasladados a Estados Unidos para ser procesados, aparentemente por razones de seguridad.

Fuentes cercanas al caso aseguran que Estados Unidos trabajó discretamente durante este tiempo, realizando las gestiones necesarias para asegurar que los acusados no escaparan de la justicia y pudieran enfrentar el proceso ante tribunales federales.Ya habíamos visualizado que, de algún modo, terminaríamos involucrados en la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos.

¿La conexión? El petróleo.

El precio del barril depende, en gran medida, de lo que ocurra en el Estrecho de Ormuz, una vía estratégica por donde circula cerca del 20 % del petróleo mundial.

No importan promesas ni discursos políticos: los grandes capitales no subordinan sus ganancias a caprichos ideológicos.

Cuando los dogmas dominan las decisiones políticas, resulta difícil poner fecha a los acontecimientos que terminan afectándonos a todos.

La activa injerencia de Estados Unidos en la industria petrolera de Venezuela, sumada a su presencia militar en las naciones del Golfo y a la posibilidad de controlar el Estrecho de Ormuz, plantea una pregunta inevitable: ¿quedan opciones?

Claro que las hay. Pero todas conducen al mismo resultado: un barril de petróleo más caro.

Y eso significa que, aunque no disparemos un solo misil, ya somos parte de la guerra.

Al formar parte de la cadena de los llamados países democráticos, nuestra posición puede tener peso político. Pero en el plano económico, las consecuencias son otras.

El encarecimiento de la energía, la presión sobre las economías importadoras y el impacto en los precios internos serán inevitables.

Lo demás —como siempre— quedará al juicio de los hechos.

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