Las heridas invisibles de la guerra

Por Margarita de la Rosa
Cuando los conflictos no solo destruyen ciudades, sino también la salud mental y la esperanza de los pueblos, dejan heridas que son invisibles.
Cada guerra deja muertos visibles y heridas invisibles. De las primeras hablan los balances oficiales, las imágenes de edificios destruidos, los cuerpos sin vida, las familias desplazadas y el hambre que se instala en los territorios devastados. Pero de las segundas se habla menos: el miedo que se incrusta en la mente de las personas, la ansiedad constante, el insomnio, la tristeza profunda, la incertidumbre y la pérdida de esperanza.
La guerra no solo destruye infraestructuras. Desordena la vida interior de los pueblos. Rompe rutinas, separa familias, convierte el sobresalto en costumbre y hace del futuro una interrogante permanente.
La Organización Mundial de la Salud advierte que casi todas las personas afectadas por emergencias sufren angustia psicológica, y que alrededor de una de cada cinco personas expuestas a conflictos armados padece trastornos como depresión, ansiedad o estrés postraumático. Es decir, la guerra no termina cuando callan las armas: continúa viviendo en la mente de quienes la sobrevivieron.
Los niños son, quizás, las víctimas más silenciosas de esta tragedia.
Millones crecen en medio del miedo, de sirenas de bombardeo, de desplazamientos forzados y de escuelas cerradas. Una generación marcada por el trauma difícilmente podrá construir un futuro equilibrado si el mundo sigue normalizando la violencia como forma de resolver conflictos.
El impacto emocional también se expresa en el deterioro de los vínculos familiares y sociales.
La angustia prolongada genera irritabilidad, depresión, insomnio, desesperanza y, en muchos casos, empuja a las personas hacia conductas autodestructivas.
La propia Organización Mundial de la Salud advierte que vivir situaciones de violencia, desastre o pérdida profunda puede aumentar los factores de riesgo asociados al suicidio.
Por eso la guerra hiere dos veces: primero destruye vidas; luego deja a los sobrevivientes intentando reconstruir su estabilidad emocional en medio de la incertidumbre.
Este drama plantea además una pregunta ética inevitable.
La humanidad ha alcanzado un desarrollo tecnológico extraordinario: inteligencia artificial, automatización, satélites, avances científicos que parecían impensables hace apenas décadas. Sin embargo, una parte significativa de ese progreso sigue orientada a perfeccionar la destrucción.
Mientras el conocimiento avanza, también lo hacen las armas. El mundo invierte cantidades colosales en sistemas militares cada vez más sofisticados, mientras millones de personas carecen de acceso a servicios básicos de salud mental, educación y bienestar social.
Es una contradicción profunda de nuestro tiempo: el progreso científico no ha sido capaz todavía de garantizar el progreso moral de la humanidad.
Por eso hoy más que nunca resulta urgente levantar una voz clara en favor de la paz.
No hay victoria verdadera sobre pueblos traumatizados ni progreso posible sobre generaciones que crecen bajo el miedo.
La paz no es debilidad. Es la mayor expresión de inteligencia colectiva. Es la única vía que permite que el desarrollo humano, científico y tecnológico esté verdaderamente al servicio de la vida. Porque las guerras no solo dejan ruinas en las ciudades.
También dejan cicatrices en la conciencia de la humanidad.



