Donald Trump se disfraza de pirata de los mares

Quienes disfrutaron desde 2003 la saga Piratas del Caribe hoy asisten, en tiempo real, a una versión menos ficticia y más peligrosa: un presidente de Estados Unidos asumiendo el papel estelar del pirata de los mares modernos.
A diferencia de los estudios de cine de Hollywood, la piratería de Donald Trump no busca taquilla ni entretenimiento. Persigue las riquezas negras del subsuelo venezolano, ese petróleo que huele a codicia geopolítica y a guerra no declarada.
Para justificar el abordaje, Trump elaboró una vieja y conocida falacia: etiquetar a Venezuela como narco-Estado, atribuyendo a la administración de Nicolás Maduro una responsabilidad criminal sin pruebas concluyentes ni sentencias internacionales. El guion es simple: acusar primero, actuar después.
Pequeñas embarcaciones, supuestamente cargadas de sustancias ilícitas, han sido interceptadas en aguas cercanas a la frontera marítima venezolana. Tripulantes abatidos. Operativos letales.
La pregunta queda flotando como cadáver en altamar: ¿Hubo verificación de identidades? ¿Juicio previo? ¿O bastó la sospecha para disparar?
Mientras Washington se distancia de países que durante décadas llamó su “patio trasero”, su ambición se desborda. Ahora mata para expropiar, confunde persecución con saqueo y poder con impunidad.
¿Es legal? ¿O simplemente es fuerza bruta con bandera?
La reacción internacional, lenta y fragmentada, comienza a asomar, pero carece aún del peso de una unidad real que imponga respeto, derecho y solidaridad frente al abuso.
Las víctimas de esta piratería norteamericana yacen en algún punto del mar, sin nombre ni defensa.
Y la última pregunta, incómoda pero necesaria, permanece abierta: ¿Eran culpables… o simples víctimas de la urgencia petrolera del imperio?



