Abril insurrecto: heroísmo, traición y las heridas que aún sangran

Por Augusto Álvarez
Posiblemente, lo más significativo del abril insurrecto de 1965 fue la reafirmación del pueblo dominicano en su decisión de ser libre o morir.
También destacó el coraje de tribunos democráticos entregados a una jornada histórica, en la que emergieron liderazgos que ya venían gestándose y que florecieron al término de la batalla jurídica contra el invasor imperialista.
Sin embargo, fue precisamente en ese momento cuando se inició la atomización de una izquierda que, durante los enfrentamientos, se había colocado a la altura de la heroicidad de un pueblo en busca de su destino.
A partir de entonces, la persecución contra los revolucionarios evidenció que aquello que los interventores no lograron de inmediato se concretó posteriormente con la instauración del régimen de Joaquín Balaguer, cuyos métodos represivos y crímenes descabezaron a importantes figuras de la resistencia antimperialista.
Ya bajo la influencia de Estados Unidos, se profundizó el debilitamiento del movimiento de izquierda, proceso que se extendió hasta febrero de 1973 con la muerte del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó en Caracoles.
Años después de abril, y también de los hechos de febrero en Caracoles, surge una interrogante inevitable: ¿ha logrado reorganizarse la izquierda diezmada?
Las heridas de abril permanecen abiertas. Y mientras algunos de sus protagonistas —no todos— continúan en la búsqueda de protagonismo, queda la pregunta esencial: ¿qué otros aportes han surgido de aquella gesta?



