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La viña que no es nuestra

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Mensaje 4885

 

  AYUDAME A SALVAR UNA VIDA  

 

 

Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasilsiniz?

REFLEXIONESIsaías nos pinta la imagen de un viñador que cuida su viña con esmero: la cava, la limpia, planta cepas selectas. Y al llegar la cosecha, encuentra frutos amargos. Es el dolor de un Dios que amó mucho y esperó más.

Jesús retoma esa imagen, pero da un paso más: ya no se trata solo de la vid estéril, sino de los labradores. El dueño no abandona la viña: la confía. Y esa confianza revela el corazón de los arrendatarios, que se dicen: «Esta es la heredad; matémoslo y nos quedaremos con ella».

Ahí está el pecado: olvidar que la viña era prestada. Confundieron la administración con la propiedad. Y esa confusión es asombrosamente actual. Todo lo que somos —la fe, la familia, los dones, la comunidad— nos ha sido confiado. No somos dueños, somos arrendatarios. Cuántas veces, en cambio, actuamos como si la viña fuera nuestra.

Pablo nos da la clave: «No se angustien por nada; presenten sus peticiones a Dios en la oración». El que confía en el dueño no teme entregar los frutos. El que se ha apropiado de la viña vive con miedo, porque sabe que su posesión es una mentira.

Y hay una palabra que lo cambia todo: «A mi hijo lo respetarán». Dios no envía un mensajero más, envía a su Hijo. Pero los labradores ven en él una amenaza a su pequeña tiranía, lo expulsan y lo matan. Rechazar al Hijo no fue un accidente: es la posibilidad siempre abierta en el corazón humano. Cada vez que tratamos la viña como propia, repetimos ese gesto.

Sin embargo, Jesús no termina en el fracaso: «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular». El Hijo rechazado se convierte en el fundamento de un pueblo nuevo, de una viña confiada a labradores que entregan frutos a su tiempo.

La pregunta de este domingo es concreta: ¿qué frutos espera Dios de mí, aquí y ahora? No grandes cosas, sino la paciencia con el que me cuesta, mi tiempo ofrecido, mi oración confiada. Y no estaremos solos: «El Dios de la paz estará con ustedes».

Víctor Martinez desea que aprendamos a trabajar en la viña del Señor no como dueños, sino como hijos que confían y entregan cada día los frutos que él espera, el único dueño de todo, fe, trabajo, familia, parroquia, es Dios, nosotros estamos a su servicio para apoyarlo y ayudarlo en la transformación del mundo.

Gracias a nuestra hermana Matilde Farach estas reflexiones dominicales llegan hasta todos ustedes, bendícela, Señor.

Hasta la próxima.

 

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