OPINION

Comatillo y Bayaguana: cuando la muerte se vuelve una noticia esperada

 

Por Margarita de la Rosa

Hay noticias que duelen por la tragedia que narran, pero duelen aún más cuando comienzan a repetirse con una frecuencia que parece convertirlas en parte de la rutina.

En las carreteras de Comatillo, Bayaguana y comunidades cercanas, cada nuevo accidente de tránsito deja una familia destruida y vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántas vidas más deben perderse para que las autoridades actúen?

Durante años, especialmente los fines de semana, se registran accidentes protagonizados por motocicletas, automóviles y vehículos recreativos como los buggies.

Detrás de cada caso hay circunstancias que no pueden ignorarse: exceso de velocidad, conducción bajo los efectos del alcohol, maniobras temerarias, adelantamientos indebidos, carreteras deterioradas, curvas peligrosas, poca iluminación y una vigilancia que, en muchos momentos, parece insuficiente.

Quienes transitamos por esa zona conocemos el riesgo. Hemos visto motociclistas rebasar por la derecha, ignorar señales y conducir como si la carretera fuera un espacio sin reglas.

También hemos visto cómo el crecimiento del movimiento hacia balnearios y atractivos naturales no ha sido acompañado por controles adecuados. El turismo puede representar oportunidades para la comunidad, pero no debe convertirse en una excusa para tolerar el desorden ni en una sentencia para quienes utilizan esas vías.

Y hay una verdad que debe decirse con claridad: no todas las víctimas son responsables de los accidentes. Muchos jóvenes prudentes pierden la vida porque otro decidió conducir de manera irresponsable. Esa realidad hace que cada tragedia sea todavía más injusta y que no baste con atribuirlo todo a la falta de precaución de las víctimas.

Lo más preocupante es que no estamos ante hechos aislados. La repetición de estos accidentes demuestra que existe un problema estructural y que las respuestas ocasionales ya no son suficientes.

No podemos esperar a que ocurra una tragedia para instalar un retén, enviar agentes o hacer un llamado momentáneo a la prudencia. La prevención debe ser permanente.

Las autoridades tienen la responsabilidad de establecer controles de velocidad y alcoholemia, fiscalizar motocicletas y buggies, mejorar la señalización, iluminar los tramos más peligrosos y mantener una vigilancia constante, sobre todo durante los días de mayor circulación.

También corresponde a las familias, a los conductores y a toda la sociedad asumir que respetar las normas de tránsito no es una opción: es una forma de proteger la vida.

Comatillo y Bayaguana no pueden seguir siendo mencionados únicamente después de una tragedia. Sus carreteras deben ser caminos de acceso, desarrollo y encuentro, no escenarios donde la juventud se nos muere cada fin de semana.

No podemos acostumbrarnos a contar muertos ni aceptar el luto como parte del paisaje. Cada vida perdida pudo salvarse, y cada accidente que se evita demuestra que actuar a tiempo sí hace la diferencia.

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