OPINION

Cuando proteger a una hija significa desconfiar hasta de los suyos

Por Margarita de la Rosa

Hay realidades que, por mucho que las conozcamos, nunca dejan de estremecernos. Una de ellas es el abuso sexual de niñas dentro de su propio entorno familiar.

Pero hay algo todavía más perturbador: pensar que una madre pueda llegar a desconfiar hasta del padre, del abuelo o de cualquier persona cercana a quien debería confiarle la protección de su hija.

En estos días, a raíz de la muerte de una niña cuyo cuerpo fue encontrado en un río, las redes sociales se han llenado de testimonios desgarradores.

Mujeres que cuentan experiencias de su infancia, madres que revelan historias familiares y relatos de abusos que permanecieron ocultos durante años. No sabemos si hoy ocurren más casos o si finalmente estamos conociendo lo que antes se callaba. Quizás ambas cosas, pero no podemos afirmarlo sin evidencias.

A mis 68 años he conocido historias que me han permitido comprender la dimensión de este drama. No hablo de experiencias vividas en mi núcleo familiar inmediato, sino de situaciones conocidas en mi entorno, incluso entre parientes distantes.

Casos de padres y padrastros que abusaron de niñas, embarazos ocultados y madres que, por miedo, dependencia económica, vergüenza o lealtad hacia el agresor, terminaron guardando silencio.

Y me pregunto cuántas historias semejantes permanecen todavía encerradas detrás de las puertas de hogares aparentemente respetables.

Hace poco, mientras escuchaba el testimonio de una madre, compartí con mi esposo una inquietud que no ha dejado de rondarme: ¿hacia dónde se encamina una sociedad en la que una madre puede sentir temor de dejar a su hija al cuidado de su propio padre?

Crecí en una familia de ocho hermanas y dos hermanos. Desde esa experiencia, de cuidado y respeto en mi entorno, me resulta particularmente doloroso pensar que una niña pueda encontrar su mayor amenaza precisamente donde debería sentirse más segura.

No idealizo el pasado. Sé que entonces también ocurrían abusos, muchos de ellos enterrados bajo el silencio, el miedo al escándalo y una autoridad familiar que pocas veces se cuestionaba.

Hay, además, otra transformación social que me llama la atención. Vengo de una generación en la que muchas parejas se unían pensando en compartir toda la vida. Hoy las relaciones suelen ser más cambiantes y las separaciones forman parte de una realidad cotidiana.

Nada de eso constituye, por sí mismo, un problema moral. Nadie está obligado a permanecer en una relación que ha dejado de funcionar.

Lo preocupante aparece cuando, en medio de esas nuevas uniones, una madre introduce apresuradamente en su hogar a una pareja que apenas conoce, sin valorar suficientemente cómo esa presencia puede afectar la seguridad y el bienestar de sus hijos. El enamoramiento no debería impedirnos reconocer señales de peligro ni hacernos olvidar que los niños necesitan tiempo, protección y límites claros.

Sin embargo, tampoco podemos permitir que el miedo nos conduzca a sospechar indiscriminadamente de todos. Una sociedad no puede sostenerse sobre la desconfianza permanente. Lo que necesitamos es aprender a proteger sin sembrar terror, escuchar a nuestros hijos, respetar sus señales de incomodidad y comprender que ningún vínculo de sangre otorga inmunidad frente a una denuncia.

Porque lo verdaderamente doloroso no es solamente saber que una niña puede ser abusada dentro de su casa. Es pensar en las consecuencias de vivir bajo la sospecha de que cualquiera de los suyos pudiera hacerle daño.

¿Qué sociedad estamos construyendo si hasta el amor y la confianza familiar comienzan a convivir con el temor?

No tengo una respuesta sencilla. Pero sí una convicción: ninguna niña debería crecer aprendiendo que el peligro puede esconderse detrás del abrazo de quien tiene la obligación de protegerla.

La familia no puede convertirse en refugio de abusadores ni el silencio en una forma de complicidad.

Porque cuando una niña pierde la confianza en los suyos, no solamente se rompe su mundo. También se resquebraja algo esencial en la sociedad que estamos dejando a las próximas generaciones.

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