Sucre: La riqueza detenida

Por Antonio Ledezma
El estado Sucre lleva con orgullo el nombre del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre. Esta cuna indómita de la venezolanidad, donde el mar Caribe abraza con ímpetu las corrientes del Atlántico, ostenta una geografía verdaderamente prodigiosa: penínsulas custodiadas por aguas turquesas, con más de 700 km de costas que albergan playas celestiales, arenas blancas como las del idílico Parque Mochima; valles fecundos de cacao, selvas tropicales de desbordante biodiversidad, cuencas hídricas inagotables, majestuosos puertos naturales, las salinas de Araya y yacimientos gasíferos de dimensión global.
Sin embargo, sobre este lienzo de opulencia natural pesa una tragedia devastadora: la sangrienta paradoja de una población sumida en la indigencia y la escasez extrema, habitando una tierra que flota sobre tesoros incalculables.
Sucre no es pobre por vocación ni por designio fatal; es una potencia productiva cuya fuerza vital ha sido maniatada por el abandono institucional, la desinversión sistemática y una opacidad gerencial que sofoca su inmenso potencial.
Durante décadas, Cumaná y sus puertos circundantes latieron como el corazón pesquero e industrial de Venezuela. La faena marina era mucho más que una faena diaria: constituía la columna vertebral de un ecosistema económico efervescente. Cada embarcación que zarpaba desencadenaba un engranaje perfecto de prosperidad que alimentaba a marineros, mecánicos, frigoríficos, astilleros, transportistas y al comercio local en su totalidad.
De acuerdo con las estimaciones de Fedeindustria Sucre, la pesca industrial ha representado históricamente cerca del 60 % de la dinámica económica de Cumaná. Hoy, cuando más del 70 % de la flota yace varada en las orillas como un cementerio de madera y óxido debido a la falta crítica de combustible, repuestos y créditos, el pulso productivo de la ciudad se detiene por completo. Cada barco encallado evidencia la ironía de un litoral próspero habitado por pescadores sin sustento, arrebatando la proteína fundamental de la mesa venezolana y marchitando divisas cruciales para el país.
La reactivación pesquera exige con urgencia una política integral y pragmática: suministro prioritario y transparente de combustible, facilitación crediticia, modernización de astilleros, rehabilitación inmediata de la cadena de frío y el restablecimiento de canales directos para la exportación.
En las laderas soleadas y los valles profundos de la Península de Paria florece uno de los cacaos más finos y codiciados del planeta. El cacao pariano no es únicamente un producto agrícola; representa una marca de identidad de escala mundial, capaz de estructurar una cadena de valor de auténtico “oro negro”: desde la siembra perfeccionada hasta la chocolatería de alta gama, el turismo gastronómico y las exportaciones de gran calado.
A esta bendición se suma la generosa fertilidad para el cultivo de coco, café, frutas tropicales, raíces y el desarrollo pecuario y acuícola. No obstante, el agricultor sucrense lucha desamparado contra el deterioro atroz de las vías rurales, la escasez de insumos certificados y la inexistencia de crédito. El campo de Sucre no pide dádivas ni asistencialismo; exige infraestructura, seguridad jurídica y mercados transparentes para volver a ser el granero de Oriente.
El contraste más hiriente de esta tierra se plasma en su fachada energética. En las entrañas del lecho marino, muy cerca de la frontera con Trinidad y Tobago, reposa el campo Dragón junto al proyecto Gran Mariscal de Ayacucho: gigantescos yacimientos con reservas probadas de billones de pies cúbicos de gas natural, capaces de reconfigurar el mapa industrial del continente.
Se trata de una cruel desconexión estructural: frente a las costas de Paria reposa un océano energético capaz de alimentar plantas termoeléctricas, fertilizar campos e impulsar miles de empleos calificados, mientras a escasos metros, en los hogares de los pueblos costeros, las familias se ven reducidas a cocinar con leña y kerosén ante la carencia absoluta de gas doméstico. La riqueza del subsuelo debe dejar de ser una promesa lejana para transformarse en desarrollo humano directo, empleo local e industrialización regional.
Ningún síntoma retrata con mayor crudeza el abandono institucional que la crisis del agua potable. El estado Sucre alberga reservorios hídricos continentales de magnitud excepcional, coronados por el monumental complejo Turimiquire (Colapso del túnel de trasvase Guamacán. Feb 2026) y falta de mantenimiento preventivo.. Esta magna obra de ingeniería no solo fue diseñada para abastecer a Sucre, sino que constituye el cordón umbilical hídrico para Anzoátegui y el estado Nueva Esparta a través de complejas redes de acueductos submarinos.
Resulta un desatino inadmisible que una región bendecida por ríos caudalosos e infraestructuras estratégicas sufra una parálisis hídrica severa que condena a miles de familias a la sed, obligándolas a depender de cisternas informales o fuentes contaminadas. Superar esta emergencia requiere despejar la gestión técnica de la politización, formar talento calificado e invertir de manera sostenida en mantenimiento preventivo y correctivo. El agua no es un favor gubernamental, es la premisa básica de la salud pública, la dignidad humana y el desarrollo productivo.
Fundada en 1958 e iniciando su trayectoria académica en 1960, la Universidad de Oriente (UDO) fijó en Cumaná su casa matriz, extendiendo su luz intelectual por toda la geografía oriental. La UDO personifica la obra del conocimiento más trascendente de la región, habiendo formado a generaciones de médicos, ingenieros, biólogos marinos, educadores y científicos de renombre internacional.
Hoy, la UDO resiste heroicamente frente a la asfixia presupuestaria y la devastación de sus recintos. Salvar a la Universidad de Oriente es una exigencia patriótica impostergable. Sus laboratorios y cuadros académicos son los aliados indispensables para la restauración ambiental, el diseño de soluciones hídricas, la modernización pesquera y la transición energética. Una sociedad que permite el apagón de sus aulas condena irremisiblemente su propio futuro.
En diálogo directo con destacados líderes y referentes regionales como Max Castillejos y Juan Carlos Bolívar, conmueve palpar el costo humano de esta parálisis. La inseguridad alimentaria azota con ensañamiento a los sectores vulnerables del estado. Investigaciones especializadas, como las divulgadas en 2025 por Anales Venezolanos de Nutrición, documentan alarmantes niveles de desnutrición en la infancia y adolescencia sucrense. Que los niños padezcan hambre a orillas de mares opulentos y tierras fértiles es una falla moral y política inconcebible.
Sucre necesita urgentemente un Pacto de Reconstrucción Integral que convoque a pesquerías, productores del campo, gremios, academia, trabajadores y sociedad civil. Este gran acuerdo debe articularse con propuestas operativas inmediatas —como las medidas prioritarias de emergencia contempladas en el Plan Tierra de Gracia para los primeros 100 días de gobernabilidad— enfocadas en restaurar el servicio de agua potable, activar el crédito productivo, asegurar la energía y devolver la certidumbre a los hogares.
Honrar la memoria del Gran Mariscal de Ayacucho no consiste en erigir estatuas ni pronunciar discursos huecos, sino en devolverle a su suelo natal la grandeza arrebatada. Allí donde hoy naufragan embarcaciones paralizadas, debe renacer la prosperidad del mar. Allí donde las tuberías están secas, debe fluir abundante el agua potable. Y allí donde la juventud contempla el éxodo con nostalgia, debemos levantar aulas luminosas, empresas sólidas y un destino próspero de libertad.
Antonioledezma.net


