Alcohol para niños… el veneno político llega tarde: padre e hijo están inmunizados
El 2025 entra en su recta final con un país decepcionado y un grupito con los bolsillos llenos; “progreso” en narcopolíticos, narcotráfico y microtráfico; inseguridad y ejecuciones policiales en aumento; precios por las nubes, corrupción con SeNaSa a la cabeza y mentiras que se multiplican.

Buenos días…
Qué padres tan crueles: dar alcohol a niños de apenas seis años. Eso no es descuido, es delito. Hoy deberían estar encerrados en Najayo, La Victoria o hasta en Las Parras, sin excusas ni paños tibios.
Increíble, pero cierto. Hay sectores que, desde medios y redes, insisten de forma inmisericorde en dividir a padre e hijo: a Leonel y Omar. Esos cazadores de recompensas no descansan ni de día ni de noche, obsesionados con su objetivo.
Pero con lo que ha dicho Omar —que incluso prefiere dejar la política—, los cazas recompensas pueden apuntar para otro lado. Ahí se les cayó el libreto.
Padre e hijo parecen inmunizados. Se tomaron el antídoto contra la crueldad y el veneno de quienes se venden al mismísimo Lucifer, personajes que no paran de escupir ponzoña creyendo que intoxican conciencias.
Y se va el 2025. Un año que dejó un sabor amargo para la gran mayoría del pueblo dominicano, pero bienestar pleno para un grupito que, como por arte de magia, pasó en cuestión de horas de modestos artesanos a verdaderos tutumpotes.
Acumularon fortunas, levantaron obras faraónicas —más visibles que las del propio gobierno— y engordaron cuentas. Entre ellos figuran agentes de la Policía Nacional, especialmente de su cúpula.
Los desfalcos a instituciones del Estado estuvieron a la vista de todos. El más escandaloso: SeNaSa, víctima de un saqueo descarado ejecutado por un grupo de privilegiados que contribuyó activamente al triunfo del presidente Luis Abinader en 2020 y a su reelección en 2024. Se comieron un tiburón podrido… y ni siquiera eructaron.
Tres de los implicados, pese a estar “procesados”, disfrutan hoy de su poder económico desde los amplios pasillos de sus residencias. Fueron enviados a cumplir una supuesta prisión domiciliaria, sin grilletes, sin vigilancia real y sin vergüenza.
Y la gente —que en Dominicana no es pendeja ni estúpida— entiende perfectamente qué hay detrás de ese “arresto domiciliario”: una especie de pacto silencioso del tipo “si me trancan, hablo”. ¿Y qué se hablaría ahí? De a quiénes recibieron miles de millones de los cuartos robados en SeNaSa. Porque en ese lío no están todos los que son. Faltan más. Y son poderosos.
Uno de los momentos más reveladores del 2025 fue la actuación del presidente Abinader cuando estalló el escándalo de SeNaSa. Primero negó lo que todo el país sabía que estaba ocurriendo y acusó a la oposición —en especial a la Fuerza del Pueblo— de buscar la quinta pata al gato.
Cuando el lío explotó y los responsables quedaron atrapados sin salida, el presidente volvió a hablar. Lo hizo desde su ya famosa Semanal, convertida en un teatro político, donde se tejen historietas para pintar maravillas que ni ellos mismos se creen y para confundir a quienes viven fuera del país y solo escuchan a las bocinas oficiales.
Lo que dijo en esa ocasión daba risa. No negó el desfalco, pero aseguró que desde noviembre de 2024 había ordenado investigar el caso. Ay, presidente… debió ensayar mejor el libreto, pero no uno de vaqueros.
Y como si fuera poco, cometió otro desliz: afirmó que autorizó al Ministerio Público a investigar. Autorizó. Es decir, que si no hay permiso presidencial, el Ministerio Público no investiga. Una joya.
También dijo que le dio “total libertad” al Ministerio Público para actuar. ¿Libertad a un órgano supuestamente independiente? Ahí quedó claro: esa independencia es un mito. Un show. Un haz lo que nosotros queremos.
Pero el 2025 también dio la razón, punto por punto, al comunicador Ángel Martínez. Poco a poco han ido cayendo narcopolíticos y otros que no son políticos, pero sí narcos. Sin embargo, aún quedan al menos 21 protegidos por los altares del poder, aunque observados y solicitados en extradición por Estados Unidos. 
Ese mismo año, cuando casi “desaparece”, Estados Unidos envió a República Dominicana un “regalito”: una embajadora con ojos de lince y manos de acero, convertida en el cuco del crimen organizado y en pesadilla para narcotraficantes y narcopolíticos, incluidos varios “todopoderosos” que hoy viven con diarrea crónica… y sin medicamentos, porque en SeNaSa se lo robaron todo.
¡Ay, Dios! El 2025 también dejó 189 ciudadanos muertos en supuestos “intercambios de disparos” con la Policía. Ejecuciones maquilladas como enfrentamientos que solo existieron en la imaginación del poder: del presidente Abinader, de la ministra Faride Raful y del director policial, Ramón Antonio Guzmán Peralta.
Entre las víctimas figuran los cinco jóvenes de La Barranquita, en Santiago. Según la Policía, enfrentaron a tiros a una patrulla. Pero la presión ciudadana obligó a investigar y el Ministerio Público determinó que no tenían ni armas de palo, ni pistolitas de juguete.
Durante todo el 2025, el presidente habló una y mil veces de transparencia. Pura comedia. La transparencia desapareció junto a Marcha Verde, el mismo 16 de agosto de 2020, cuando Abinader asumió el poder.
Las auditorías “históricas” de la Policía Nacional —esas que él mismo anunció con bombos y platillos— se realizaron, sí. Y fueron devastadoras. Revelaron desfalcos monstruosos. ¿Resultado? Ninguno ejemplarizante.
Los responsables hoy disfrutan de su bienestar económico, algunos fueron ascendidos, otros premiados, y varios construyen grandes obras. Incluso hay quienes aspiran a nuevos ascensos.
Eso demuestra una sola cosa: la corrupción sigue viva, más fuerte que nunca, y la impunidad continúa siendo el pan nuestro de cada día.
Y como el 2025 no fue malo para los privilegiados, también creció la delincuencia, se fortaleció el narcotráfico y el microtráfico se expandió sin fronteras. Hay puntos por todas partes.
Los precios de la canasta básica subieron como nunca y se quedaron en las nubes. Los medicamentos se volvieron inalcanzables. Los combustibles intocables. El dólar se encumbró, rondando los 65 por uno.
El miedo ciudadano aumentó. La inseguridad avanzó como un carro sin frenos. Los apagones siguieron su curso, incluyendo uno general de casi siete horas, mientras la tarifa eléctrica siguió creciendo como verdolaga.
Las mentiras desde el poder se volvieron un rosario interminable. Hubo abuso, maltrato y caos vial.
En definitiva, se va el 2025 y para la gran mayoría de los dominicanos no dejó nada bueno. El plátano llegó a venderse a 40 pesos la unidad, pequeño y flaco. El pollo superó los 100 pesos por libra. El cambio se mantuvo activo… pero en reversa, sin menudo.
La reforma policial siguió “activa” en los discursos, pero en la calle se hundió en un lodazal. Y la gente, sin anestesia, decía y dice que la culpa era de Alí Babá y sus colaboradores.
Seguimos adelante, esperando que llegue el 2026 —y ojalá le enfoque la mente al presidente Abinader— para que deje de anunciar leyes nuevas, mientras pisotea las existentes, como la 590-16, de la que se ha burlado sin pudor.



