República Dominicana no debe ser arrastrada a guerras que no son suyas

Por Margarita de la Rosa
En momentos en que las tensiones internacionales vuelven a escalar entre potencias militares y países del Medio Oriente, algunas voces en la República Dominicana plantean que nuestro país debería alinearse sin reservas con Estados Unidos e incluso prepararse para asumir compromisos militares en ese escenario.
Confieso que escuchar ese tipo de planteamientos me produce una profunda inquietud. La República Dominicana no debe involucrarse en conflictos bélicos que, además de lejanos a nuestra realidad, han sido ampliamente cuestionados por violar principios fundamentales del derecho internacional.
El sistema internacional contemporáneo se construyó precisamente para evitar que los países poderosos impongan su voluntad mediante la fuerza. La Carta de las Naciones Unidas, adoptada tras la Segunda Guerra Mundial, establece con claridad que el uso de la fuerza contra otro Estado solo puede justificarse en casos de legítima defensa o mediante autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Cuando las potencias actúan al margen de esos mecanismos, se debilitan instituciones fundamentales del orden internacional como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Consejo de Seguridad y la propia arquitectura jurídica que busca evitar que el mundo vuelva a caer en guerras devastadoras.
Los países pequeños, como la República Dominicana, deberían ser los primeros en defender esos principios. Porque cuando el derecho internacional se debilita, quienes quedan más vulnerables no son las grandes potencias, sino precisamente las naciones pequeñas.
Por eso preocupa que se plantee que nuestro país adopte posiciones que lo involucren directa o indirectamente en conflictos internacionales. Más aún cuando la historia reciente nos ofrece ejemplos que deberían servirnos de lección.
En 2003, durante la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos, el gobierno dominicano presidido por Hipólito Mejía decidió enviar tropas como parte de una coalición militar internacional. Aquella guerra fue justificada bajo el argumento de que el régimen iraquí poseía armas de destrucción masiva que representaban una amenaza para la seguridad mundial.
Con el paso del tiempo, el propio mundo comprobó que esas armas nunca aparecieron.
Hoy la invasión de Irak es considerada por muchos analistas, juristas y organismos internacionales como uno de los episodios más controversiales del orden internacional contemporáneo. Fue una guerra que dejó cientos de miles de muertos, desestabilizó una región completa y generó consecuencias geopolíticas que aún se sienten.
Y, sin embargo, la República Dominicana estuvo allí.
Aquella decisión del gobierno de entonces expuso innecesariamente a soldados dominicanos a un conflicto que no era nuestro. Más aún: colocó al país dentro de una confrontación global cuyas consecuencias no podíamos controlar.
Ese tipo de decisiones deben obligarnos a reflexionar.
Cuando un país pequeño toma partido en una confrontación entre potencias militares, automáticamente pasa a ser percibido como parte del conflicto. Y en el actual escenario internacional, donde algunos países han advertido que responderán contra intereses estadounidenses en cualquier territorio donde estos operen, involucrarse podría convertirnos en un blanco potencial.
Hay quienes argumentan que debemos respaldar a Estados Unidos porque millones de dominicanos viven allí. Pero ese argumento resulta insuficiente. La diáspora dominicana contribuye enormemente a la economía estadounidense con su trabajo, su talento y sus impuestos. Sin embargo, también es cierto que muchos de esos inmigrantes enfrentan políticas migratorias cada vez más hostiles y discursos que los descalifican.
La política exterior de una nación no puede basarse en el miedo ni en la subordinación.
La República Dominicana debe mantener una posición firme en defensa del derecho internacional, la solución pacífica de los conflictos y el respeto a la soberanía de los pueblos.
Nuestro país no tiene nada que ganar involucrándose en guerras que responden a intereses geopolíticos ajenos. Pero sí tiene mucho que perder si abandona la prudencia y la neutralidad que históricamente han sido su mejor defensa.
En un mundo cada vez más convulso, la verdadera responsabilidad de un liderazgo político es proteger a su pueblo, no exponerlo innecesariamente a los peligros de conflictos que no nos pertenecen.



