Hoy no hablaremos de nada… porque todo anda mal
El adiós de “¡Cógelo, Picante!” en 2025: silencio cargado de verdades que incomodan
Buenos días…
Hoy, ¡Cógelo, Picante! se despide por última vez en este 2025 de sus lectores y seguidores, deseándoles —con más fe que certezas— que el 2026 traiga salud, prosperidad y que, por una vez, los planes no se queden en promesas vacías.
Estos buenos deseos también van dirigidos —cómo no— a quienes viven incómodos, irritados y con urticaria crónica cada vez que decimos lo que otros prefieren esconder bajo la alfombra.
Y hoy no hablaremos de nada…
No hablaremos —por ejemplo— del desastre del agua en Santiago y Moca, donde la gente pasó la Navidad sin una gota potable, gracias a la joya administrativa llamada falta de mantenimiento. Tuberías abandonadas, autoridades mudas y una población haciendo malabares para bañarse.
Tampoco hablaremos del abandono criminal de las infraestructuras, uno de los mayores fracasos del Gobierno en 2025.
No diremos nada del Metro de Santo Domingo, ni de túneles ni elevados heredados de gobiernos anteriores —sí, los de Leonel Fernández— que hoy sobreviven como pueden. Obras que, sin exagerar, evitan que el tránsito sea un apocalipsis total… aunque ya rozamos el infierno por la incapacidad de quienes deben dirigirlo.
Tampoco queremos hablar del Metro de Los Alcarrizos, que sin haber sido terminado ni inaugurado, ya empieza a caerse en pedazos, como si el tiempo le pasara factura antes de nacer.
Ni de la autopista de Circunvalación de Baní, que apenas tres días después de ser inaugurada comenzó a despedazarse, a abrirse en grietas y a mostrar que fue construida más para la foto que para durar.
Ni mencionaremos el deterioro de la economía, porque no hace falta lupa ni calculadora. Se ve en la calle, en los colmados y en los bolsillos. Para la clase media ha sido asfixiante, y para los pobres, devastador. La factura social del 2025 es brutal.
Mucho menos hablaremos del dólar trepado como chivo en mata, rondando los 65 por uno, ni de la canasta familiar convertida en artículo de lujo. El pollo y el plátano —antes comida del pueblo— ahora amenazan con convertirse en manjares exclusivos.
Ni del tema favorito de todos: la inseguridad, ese pan nuestro de cada día. Un mal despiadado que ha llenado de luto miles de hogares, mientras el Estado demuestra que no puede, no sabe o no quiere controlar la situación. El miedo se siente, se respira, se camina.
Pero no hablaremos de eso…
Tampoco de la Policía, donde la mediocridad manda y la reforma anunciada por el presidente Luis Abinader se quedó en discurso bonito, sin resultados reales, ahogada por la falta de liderazgo y responsabilidad.
Ni tocaremos la corrupción administrativa, que en 2025 se disparó sin pudor, llevándose consigo la tan cacareada “transparencia”.
La impunidad avanzó, los escándalos policiales se multiplicaron y la protección al microtráfico siguió su curso, como si nada. Pero no hablaremos de eso.
Y por supuesto, no hablaremos de las leyes dominicanas, especialmente la 590-16, esa que nació para ser respetada y terminó siendo humillada, maltratada y pisoteada, con la indiferencia cómplice del poder.
Es más, tampoco hablaremos de que en 2025 aumentaron las muertes por accidentes de tránsito en las carreteras del país, convirtiendo cada viaje en una ruleta rusa.
Ni de que los apagones persistieron mientras el alto costo de la electricidad siguió golpeando sin piedad los bolsillos de la gente.
Ni de que los casos de corrupción continuaron marcando la agenda judicial nacional, con expedientes gruesos y condenas flacas.
Tampoco hablaremos de que la Policía Nacional permaneció bajo presión constante por denuncias de abusos, ejecuciones y excesos que nunca terminan de aclararse.
Ni de que la inflación y el alto costo de la vida siguieron asfixiando a los hogares dominicanos, obligando a muchos a elegir entre comer o pagar servicios.
Ni de que la violencia de género y los feminicidios encendieron todas las alarmas sociales sin que aparecieran soluciones de fondo.
No diremos nada de las protestas comunitarias por obras inconclusas y servicios básicos ausentes.
Ni de que el turismo creció en cifras, pero que ese crecimiento no bajó del hotel al barrio ni llegó a los sectores más pobres.
Tampoco mencionaremos las tragedias que estremecieron al país en 2025, como el caso Jet Set o la matanza de La Barranquita, en Santiago, donde todavía no aparecen cabezas responsables.
Ni hablaremos del que muchos señalan como el mayor escándalo de corrupción del país, el caso SENASA, un huracán que —pese a los intentos del presidente Luis Abinader y la vicepresidenta Raquel Peña por minimizarlo— amenaza con arrasar con todo a su paso.
Y mucho menos hablaremos de las extradiciones de narcopolíticos y narcotraficantes hacia Estados Unidos, que mantienen al PRM y al Gobierno contra la pared, con la espalda descubierta y la espada en el pecho, entregando hasta los aeropuertos.
Porque insistimos: hoy no hablaremos de nada… aunque el país se esté desmoronando a plena luz del día.
Y sí: seguiremos diciendo, pero en el 2026, lo que no quieren oír.



