El vergonzante escenario de una izquierda fragmentada

La Segunda Guerra Mundial partió el mundo en dos pedazos. Superado el primer tramo de ese trayecto histórico, la miseria política sacó la cabeza y dio inicio a un proceso de atomización que aún hoy pasa factura.
¿Qué sucedió? La Primavera de Checoslovaquia, en 1968, nos mostró una fortaleza y una esperanza que, con el paso del tiempo, se fueron extinguiendo de manera gradual. Aquella experiencia marcó un punto de inflexión que no logró consolidarse ni proyectarse hacia el futuro.
Tras la victoria de Vietnam, la capacidad política de muchos de los líderes que guiaron aquellas luchas —en nombre de una democracia que terminó siendo más simulada que real— comenzó a transitar en zigzag, sin rumbo claro ni coherencia estratégica.
¿Qué se puede exhibir como logro concreto después de la Primavera de Praga?
Pese a los esfuerzos reiterados por reencontrarnos a nosotros mismos, e incluso recibiendo expresiones de solidaridad sincera —aunque muchas veces infladas por discursos y consignas— hemos fallado.
Es cierto que los grupos y organizaciones, en su tránsito por la ruta revolucionaria, recibieron el brazo fuerte de la solidaridad internacional. Sin embargo, en no pocos casos, esa solidaridad terminó diluyéndose en un lenguaje ultra, desconectado de la realidad y de las verdaderas necesidades de los pueblos.
Dicha solidaridad podría justificarse al hacer balance de la cantidad de militantes que cayeron en el camino que se creía conducía a la victoria. Pero la historia también demuestra que la traición, la falta de formación política y la ausencia de autocrítica marcharon —y aún marchan— por la misma ruta, profundizando la fragmentación y debilitando cualquier proyecto transformador.



