Narcopolíticos bajo la lupa: Estados Unidos, no hay tiempo que perder
Denunciar no es delito, pero callar ante el crimen, sí lo es

Buenos días.
Estados Unidos debe rescatar al comunicador Ángel Martínez. Píquele a quien le pique, su único “delito” ha sido denunciar, señalar el narcotráfico y exponer públicamente a presuntos narcopolíticos, que hoy —casualidad o no— algunos están presos en cárceles estadounidenses, como ocurrió con Nicolás Maduro.

Pero el tema no es solo Ángel Martínez. Él mismo pidió disculpas públicamente a quienes consideró que había ofendido, un gesto que merece ser valorado. Y a quienes todavía guardan rencor, hay que recordarles que tanto Dios como José Francisco Peña Gómez perdonaron a sus detractores.
La lección es clara: humildad y grandeza no le hacen daño a nadie, pero la arrogancia y el rencor sí lastiman a todo un país.
Si Estados Unidos y su presidente Donald Trump decidieron ir contra el narcopoder, no pueden hacerlo a medias. Limpiar un país, mientras se protege la basura en los aliados, no es justicia, es conveniencia. Si se actuó contra Maduro, acusado durante años como jefe del llamado Cartel de los Soles —y luego reducido a “protector del narcotráfico y lavador de dinero”—, la misma lupa debe aplicarse a todos los señalados, sin excepciones.
Los presuntos narcopolíticos y sus cómplices, mencionados públicamente por Ángel Martínez, deben enfrentar la justicia, y muchos de ellos figuran en el conocido listado de los 21, del que todo el mundo habla, pero pocos se atreven a detallar.
A propósito del silencio: desde su famoso discurso, el ministro de la Presidencia, José Ignacio Paliza, casi no se oye ni se siente. Pero tampoco ha tenido la valentía política de aclarar quiénes, dentro del PRM, aparecen mencionados en esas listas. El país no necesita discursos: necesita nombres, datos y explicaciones.
Presidente Trump, afile bien el machete. Estas operaciones no pueden ser selectivas, deben ser totales, o perderán toda credibilidad.
Y para quienes hoy intentan lavar biografías y vender a ciertos políticos venezolanos como “santos”, va una pregunta incómoda: ¿De dónde viene el nombre CAP Cana?
CAP son las siglas de Carlos Andrés Pérez, expresidente de Venezuela, conocido como CAP, único mandatario venezolano condenado por corrupción, mediante sentencia firme. Y recuerden: Ese megaproyecto turístico fue concebido por empresarios venezolanos que decidieron rendirle homenaje, pese a su historial judicial. Ese dato no es opinión, es historia.
Y hay más. En la República Dominicana se anuncian nuevos cambios en el tren gubernamental. Ojalá no sean simples enroques de sillas. El país exige decisiones de fondo, y la Policía Nacional no puede seguir siendo intocable. Si se designa a un oficial con historial cuestionable, su expediente será publicado, con puntos y comas.
Presidente Abinader, el país no aguanta más delincuencia. Asaltos por todas partes, ciudadanos aterrados y, para colmo, abusos policiales que no disminuyen, sino que empeoran. Hay quienes ya comparan el ambiente con los 12 años de Balaguer. Y eso, sencillamente, es una vergüenza.
El caos del tránsito agota la paciencia nacional. Los precios de alimentos y medicamentos siguen subiendo, sin control y sin oposición efectiva.
Y mientras tanto, se distrae al país con Maduro y conflictos externos, cuando su promesa fue gobernar para los dominicanos. Hoy, muchos sienten que ese compromiso no se cumplió.
Un seguidor nos escribe con preocupación: dos de los funcionarios más cuestionados por el trato a la ciudadanía siguen en sus cargos. Faride Raful y Ramón Antonio Guzmán Peralta. Dice que el país merece saber, con claridad, cuáles son sus logros concretos. Queremos respuesta, presidente Abinader.
Por cierto, dominicanos en el exterior dejaron de visitar el país en Navidad, alegando que ni siquiera en esas fechas se permite disfrutar como antes. Tradiciones apagadas, alegría reprimida. Otra vergüenza innecesaria.
Y si la bomba estalla en la Policía —porque está a punto de estallar—, señor Presidente, la responsabilidad será por omisión y ceguera.
Presidente Abinader, vaya a un oculista. Aquí no hay maravillas como intentan vender algunos informes internacionales complacientes, organismos que no valen ni una mota cuando se trata de la realidad del barrio.
Nos despedimos con una esperanza clara: Que el presidente Trump contribuya a combatir la criminalidad, la corrupción y la impunidad, aquí y donde sea.
Pero que quede claro: Jamás apoyaremos la violación de la soberanía nacional.
Y jamás respaldaremos la corrupción ni a los corruptos, vengan de donde vengan. Como diría Peña Gómez: Fin de la cita.



