
Mensaje 4207
AYUDAME A SALVAR UNA VIDA
Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasilsiniz?
Tal como les prometí hoy continuamos con la historia de ayer tomada de Catholic.net.
El rey Witiza y sus seguidores se arrepintieron pronto de su traición, pues la conquista árabe se estaba caracterizando por las ruinas, incendios y asesinatos de los que pretendían un dominio absoluto. Desde el principio, la capital musulmana fue la andaluza ciudad de Córdoba, cuyo califato gozó después del mismo esplendor que el 153 de Bagdad en Siria.
En cuanto a la religión, muy condescendientes al principio, los musulmanes tenían como meta la implantación de la fe en Alá y su profeta. Los cristianos ─la inmensa mayoría─ que se mantenían en su fe católica y estaban bajo el dominio musulmán, se llamaron mozárabes. Los obispos seguían en sus diócesis, aunque les faltaba fuerza ante el Islam al carecer de una autoridad civil que los defendiera, y, por más que le guardaran absoluta fidelidad al Papa, se sentían algo independientes de Roma debido a la distancia y aislamiento de la Península ibérica.
La persecución religiosa tuvo caracteres muy diferentes, según los lugares y épocas. Como premisa, hay que decir que los católicos se veían tentados por el favor que el califa y los emires dispensaban a los muladíes, los cristianos que se habían pasado al Islam, colocados siempre en los mejores puestos civiles y con todas las ventajas para la vida.
Podían los católicos asistir a sus iglesias, pero no edificar nuevos templos, y mantenían ciertamente escuelas para sus hijos, algunas de mucho prestigio, aunque el hijo del califa Abderramán fue astuto en un punto tan fundamental como es la educación. Si prohibió el latín para el culto católico, para las escuelas dictó una ley algo peor: obligó a los niños a frecuentar las escuelas árabes, con el fin de hacerles perder su educación hispano-romana a la vez que sus tradiciones y fe cristianas.
Pero con Abderramán II (822-852) se llegó ya a la persecución sangrienta. Dos valientes sevillanos, Adolfo y Juan, dieron el grito de alarma contra las vejaciones musulmanas y fueron ajusticiados; el sacerdote Perfecto era degollado en el 850, y con él comenzaba la era de los mártires mozárabes.
Corrió abundante la sangre cristiana, y se conservan muchos nombres de aquellos héroes, aunque quizá lo más terrible de la persecución se manifestó en el trato inhumano que se dio a los presos en las cárceles y en los insultos que continuamente recibían los cristianos nada más salían a las calles. Aunque hubo apostasías, los más se mantenían firmes católicos. Abderramán se dio cuenta de que no hacía nada con tanto castigo y tanta muerte y se puso en contacto con los obispos para llegar a un acuerdo.
La persecución siguió todavía mucho más violenta bajo Mohamed I (853-886), que amenazó con pasar a cuchillo a todos los cristianos. Son de San Eulogio estas palabras: “Repletas están las mazmorras de catervas de clérigos; las iglesias se ven huérfanas, sin el sagrado ministerio de los obispos y de los sacerdotes; descuidados quedan los tabernáculos y en la mayor soledad; todo yace en silencio. Y en tanto que faltan en las iglesias los himnos y cánticos celestiales, resuenan los calabozos con el murmullo santo de los salmos”.
A San Eulogio, con su libro “Martirial”, debemos las historias más ciertas de aquellos días tan aciagos como gloriosos. Fandilla fue uno de los que rompieron la marcha en esta confesión cristiana. Joven y gallardo sacerdote, anima a los cristianos a confesar sin miedos su fe. Le cortan la cabeza, y cunde su ejemplo. Atanasio y Félix le imitan, los degüellas también, y, al saberlo, aquel mismo día se presenta ante el juez una joven religiosa, Digna, que cae bajo el golpe del alfanje. Columba, igual. Sale de su escondite, se presenta ante el tribunal, niega la misión divina de Mahoma y su ley, y paga su temeridad con la cabeza cortada. Se entera Pomposa, y se escapa por la noche silenciosamente de su convento, comparece ante la autoridad musulmana, se ríe del impúdico Mahoma, y una mártir más…
Y es que durante las persecuciones musulmanas se dio en España un hecho, curioso, por una parte, y por otra bastante discutido. Muchos mozárabes, firmes en su fe católica, 154 esperaban a ser buscados para ir a la muerte, sino que se ofrecían voluntarios a profesar su fe y sufrir así el martirio: les bastaba denostar con gritos a Mahoma y tenían segura la palma, como acabamos de ver ¿Hacían bien?… Lo peor fue que unos obispos, reunidos bajo el Arzobispo de Sevilla en la misma Córdoba, declararon que la Iglesia no reconocería como mártires a los que voluntariamente se ofrecían a confesar con aquella valentía su fe. Esta manifestación de aquellos obispos no favoreció nada a los cristianos, pues lo que esperaban de sus pastores era decisión generosa y no un espíritu cobarde. Siguen y siguen las listas de los mártires.
Mohamed I estaba furioso con la audacia de aquellos confesores de la fe católica que se reían burlonamente de Mahoma. Pero, entre tantos, descuella el mismo San Eulogio, sacerdote de Córdoba, prestigioso por su saber, que se lanzó hacia el norte de España para animar a todos los cristianos a mantener su fe católica.
Regresa a su ciudad y en el año 858 le llega el nombramiento de Arzobispo de Toledo. Acertadísima la elección, pues no existía figura tan brillante como la suya. Pero no llegará a ser consagrado. La señorita Leocricia, una mora convertida al catolicismo, viene a visitarlo, la recibe Eulogio contra todas las leyes, y se lanzan en la casa los emisarios del emir. Llevado al tribunal con la joven, le bastaba una palabra a Eulogio para salvarse, pero empieza a burlarse de Mahoma y junto con la ahijada se hace con la gloria del martirio. Con Abderramán III (912-961), califa grande de verdad, siguieron las persecuciones, aunque no fueran tan despiadadas como las anteriores.
Víctor Martinez terminará mañana con la última parte de esta historia.
Este mensaje ha llegado a todos ustedes gracias al apoyo recibido por nuestra hermana Vielka Suazo Portorreal.
Hasta la próxima.



