Pensar el pasado para entender el presente

Por Margarita de la Rosa
Se reencontraron como quien vuelve a un libro subrayado en la juventud. No eran los mismos, pero seguían siendo ellos.
Filósofos formados en la década de los 80, cuando las aulas universitarias eran territorios de efervescencia intelectual y la palabra utopía no sonaba ingenua, sino urgente. Aquellos años en los que se creía, con convicción y desvelo, que el pensamiento podía cambiar el mundo.
El escenario no pudo ser más simbólico: el ático con vista al mar de la residencia del filósofo Alejandro Arvelo y Ninoska Velázquez. Allí, entre la brisa salina, el rumor constante de las olas y el vino que ayudaba a soltar la memoria, los años parecieron replegarse. El tiempo cedió.
Volvieron las anécdotas de los pasillos universitarios, las discusiones interminables sobre Marx, Kant o la ética de la liberación; los profesores temidos y admirados; las noches de estudio, las huelgas, las consignas y los sueños colectivos. Hubo chistes que solo entienden quienes compartieron ese tiempo fundacional, y no faltaron las historias jocosas que arrancaron carcajadas: errores juveniles, excesos de idealismo, pasiones defendidas con vehemencia… y con razón.
Sentados en círculo, como en un antiguo seminario, cada voz traía consigo no solo recuerdos, sino una vida entera recorrida desde aquel punto de partida. Algunos sueños se transformaron, otros resistieron intactos; algunos caminos fueron más ásperos, otros inesperadamente fértiles. Pero el hilo común seguía allí: el amor por el pensamiento, por la palabra, por la búsqueda de sentido.
Ese encuentro no fue solo una reunión de amigos. Fue un acto de memoria, una celebración de lo que fueron y de lo que aún son. Una confirmación de que, aunque el mundo no cambió como lo imaginaron en los años 80, ellos sí dejaron huella: en sus estudiantes, en sus escritos, en su manera de estar en la vida.
Y mientras el sol caía sobre el mar, quedó claro que hay batallas que no se pierden nunca del todo. Porque cada vez que estos filósofos se reúnen, los sueños regresan… aunque sea por una tarde, en un ático frente al mar.



