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Recordando el pasado

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Mensaje 4270

 

  AYUDAME A SALVAR UNA VIDA 

 

 

Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasilsiniz?

 AYUDAME A SALVAR UNA VIDA Es cierto que las Navidades, en medio del silencio y la soledad, nos llevan a recordar. Estuve en esos días pensando mucho en mi pasado, en mi niñez y en mis días de juventud. Recuerdo los diálogos y las reuniones familiares, con tanta alegría celebrando en torno al árbol de Navidad, con su acostumbrado nacimiento del Niño Jesús, representado en diversas figuras…, era tan diferente. Hoy muchos no le ponen nacimiento y, en sus reuniones, solo se habla de problemas y de dinero, de teneres, como si eso fuera lo más importante.

Antes se soñaba y se conversaba de los planes familiares para el próximo año, de cómo íbamos a celebrar el día de Nochebuena, los paseos por el campo, los parques y los encuentros con los amigos.

Recuerdo que lo importante era convivir en paz, visitar a los abuelos, aunque vivieran en casitas pequeñas, en el campo, con austeridad y limitaciones; pero allí se encontraban las riquezas del espíritu, el amor que nos curaba, los pasteles en hoja, los pastelitos, el flan de batata, el dulce de coco o el arroz con leche, los preferidos.

Siempre aparecía un anís del mono, un vino El Pirata, un Cinzano; para los chicos, un pan con café repartido en jarros y tazones, y, si éramos muy pequeños, para nosotros, chocolate.

Las cosas eran tan diferentes: la abuela colaba el café en una media, la comida la hacía en un fogón y, si le faltaba algo, voceaba a la vecina, y ahí estaba resuelto.

Nos juntábamos con los niños del barrio y jugábamos trúcamelo, saltábamos la cuerda, jugábamos bolas, reguilábamos un trompo, “ambos a dos, matarile rile rile”, sin peligro ni temor de que alguien nos hiciera daño; todos eran buenos.

No se robaba, no se asaltaba. A las 12, la abuela hacía el ángelus; le gustaba el rosario y tenía un pequeño altar en la habitación.

Ya grandecito y en mi ambiente de púber, me la pasaba sentado en las calzadas de la calle y en los muros de los jardines con Pepe Costa y Alfredo Guerrero, y conversábamos acerca de nuestros sueños. Luego empezaron los 15 años, y cuando era invitado, ahí venía el traje negro (problema para papá), corbatas de lacitos y zapatos de charol. La calle Privada, tambora en mano; Jocelyn (historia de amor); los García, los Lugo, los Ares, los Rojas Alou, entre otros.

El 24 de diciembre, la Misa del Gallo, el coro de jóvenes y luego cada quien para su casa a celebrar con los suyos.

Al crecer, queríamos ir al malecón a esperar el Año Nuevo y, aunque a papá no le gustaban esos canes, nos dejaban amanecer con una condición: nada de playas; de ahí para la casa.

Eran otros tiempos: no había chismes ni traiciones; éramos honestos, nos queríamos, no peleábamos y, cuando queríamos bailar, un tocadiscos con long play en una de las casas: Chubby Checker, Los Ángeles Negros, Johnny Ventura y Félix del Rosario. Nada de drogas, nada de alcohol; luces apagadas y la mamá acechando y encendiéndolas.

Cómo no recordar a Marcelito Albuquerque, Las Mosquitas, grupo musical de imitaciones; ayyy Salvadorita, y a Rafael de España, cuando todos queríamos imitarlos, vestidos de negro y con la melena.

Oíamos poesías para enamorarnos; Juan Llibre nos amargaba; dábamos serenatas, René Fiallo y yo recitando La imposible me quiere, Podrá nublarse el sol o Te digo adiós, y con esta despedida mis más hermosos sueños mueren dentro de mí, que estaba reservada para cuando se terminaban los amores.

Eran otros tiempos… Los domingos, a la misa de 9, cantábamos en el coro: las Sánchez, las Saviñón, Ingrid Toca, los Liz, el FUN (nuestro grupo de acción social). Comulgábamos, éramos tan sanos. Luego nos íbamos al matiné del cine de los domingos en la mañana, lleno de jovencitos, para después bajar al malecón en las tardes, sentarnos en los bancos y ver los vehículos pasar y las chicas caminar.

Si he dejado de nombrar a algunos, no importa: los llevo en mi corazón, aunque no recuerde sus nombres (la e-dad).

Hoy doy gracias a Dios por la generación que me tocó, por los amigos con quienes compartí, por los primos y familiares con quienes crecí, por los sacerdotes carmelitas que nos acogieron, por nuestros educadores, por los padres de nuestros amigos que nos querían y nos acogían en sus casas; familias inolvidables: doña Hilda Guerra, don Mario García, los papás de Nohivo, los García Dubus, entre otros. Dios los tenga en su gloria y bendiga a quienes aún están, a sus hijos y nietos.

Este mensaje ha llegado a todos ustedes gracias al apoyo recibido por nuestra hermana Georgina Torres.

Hasta la próxima.

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