Infantes desprotegidos: cuando ser pobre significa estar más expuesto

Por Margarita de la Rosa
Hay noticias que duelen y otras que, además de doler, deberían obligarnos a preguntarnos qué estamos haciendo mal como sociedad.
En República Dominicana no terminamos de asimilar un caso que involucra a un niño cuando aparece otro.
Niños desaparecidos, abusados, asesinados o expuestos a peligros que jamás deberían enfrentar solos.
El caso reciente de dos adolescentes vuelve a estremecernos. Una logró escapar de una situación aterradora y pedir auxilio, mientras la otra permanece desaparecida. Las circunstancias están bajo investigación y corresponderá a las autoridades establecer responsabilidades. Pero hay una pregunta que debemos hacernos desde ahora: ¿cómo llegan nuestros niños y adolescentes a estar tan expuestos?
Todavía estamos procesando ese caso cuando desde Elías Piña llega otra tragedia. Tres escolares fueron arrastrados por la crecida de una cañada cuando regresaban de la escuela bajo un fuerte aguacero. Dos perdieron la vida y uno sobrevivió.
Y otra vez la pregunta: ¿quién estaba protegiendo a esos niños?
No son hechos aislados. Los nombres de Roldani Nicolás Calderón, Brianna Genao Rosario, Kendry Esmil, Ruth Esther Paredes Ramírez, Fraynel Daniel Ciprián Montero y Luis Ángel González Méndez forman parte de expedientes de desapariciones que han estremecido al país y dejado familias esperando respuestas.
Un país no puede acostumbrarse a ver fotografías de niños desaparecidos circulando por las redes como si se tratara de una fatalidad inevitable.
Existe una responsabilidad primaria de la familia. Tener pocos recursos económicos no elimina el deber de saber dónde están nuestros hijos, con quién están y a qué peligros pueden estar expuestos.
La pobreza puede explicar muchas carencias, pero no puede convertir en normal que un niño sea dejado a su suerte.
Sin embargo, sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre las familias pobres.
Ahí aparece una desigualdad que debemos mirar de frente.
Mientras el niño de una familia económicamente acomodada suele llegar al colegio acompañado por sus padres, en un vehículo o mediante transporte escolar, y encuentra vigilancia hasta para cruzar una avenida, miles de niños de sectores humildes caminan solos, atraviesan carreteras, cañadas y caminos peligrosos y regresan a hogares donde quizás todavía no ha llegado ningún adulto.
La madre trabaja y deja al niño con la abuela; la abuela necesita salir y queda con una tía, otro pariente o un vecino. Y demasiadas veces hemos descubierto, cuando ya el daño está hecho, que el peligro no estaba necesariamente en la calle: estaba dentro del círculo de confianza del propio niño.
Por eso la vulnerabilidad infantil no puede analizarse solamente desde la responsabilidad individual.
Es responsabilidad de la familia, pero también de la escuela, del Estado, de las instituciones de protección y de las comunidades.
La pobreza no puede significar menos derecho a la protección.
Un niño pobre tiene exactamente el mismo derecho que cualquier otro a llegar seguro a su escuela y regresar seguro a su casa. A no atravesar solo una cañada crecida. A no permanecer horas en una calle sin supervisión. A que alguien advierta inmediatamente su ausencia y a que las instituciones actúen antes de que su fotografía tenga que circular acompañada de la palabra DESAPARECIDO.
Quizás hemos insistido demasiado en enseñarles a los niños a protegerse y demasiado poco en exigirles a los adultos que los protejamos.
Un niño puede desobedecer, equivocarse, confiar en quien no debe o desconocer la magnitud de un peligro.
Precisamente por eso es un niño. La responsabilidad de protegerlo pertenece a los adultos.
Cada niño desaparecido, cada niña abusada y cada muerte que pudo evitarse debería llevarnos no solamente a buscar culpables después de la tragedia, sino a preguntarnos qué protección falló antes de que ocurriera.
Porque cuando un niño queda indefenso, no fracasa solamente una familia. Fracasamos todos.


