Pakistán: se derrumba una escuela y la muerte cobra 35 vidas; ¿quién responderá

Por Augusto Alvarez
Es la realidad que envuelve la pobreza y la tragedia en Pakistán, y el derrumbe de una escuela en Peshawar vuelve a ponerla sobre el tapete.
La tragedia ocurrió en una escuela privada y el saldo mortal fue escalando hasta alcanzar 35 víctimas: 34 estudiantes y una profesora, mientras más de 50 personas resultaron heridas.
El techo de la escuela Al-Khair Education Center, ubicada en Peshawar, se desplomó mientras los estudiantes se encontraban en clases. Entre las víctimas había niños de corta edad; la mayoría tenía menos de 13 años.
Desde el hospital se informó que decenas de menores fueron trasladados para recibir atención médica, algunos en estado crítico. Los equipos de rescate trabajaron entre los escombros para localizar y sacar a las víctimas.
Al ser preguntado por las razones del colapso, el propietario del centro habría atribuido parte de la desgracia a las recientes lluvias. Sin embargo, las autoridades también señalaron que la estructura presentaba debilidades y que la construcción podía no cumplir con las condiciones de seguridad necesarias.
[La Policía detuvo al propietario de la escuela y abrió una investigación para establecer las circunstancias que provocaron el colapso.
El gobernador provincial, por su parte, ordenó una auditoría de seguridad estructural en todas las instituciones educativas de Khyber Pakhtunkhwa, mientras el primer ministro exigió acciones legales contra quienes resulten responsables.
Así se aplica justicia: se investiga, se buscan responsables y se actúa, sin importar quiénes sean.]
Pero aquí queda la pregunta que no puede desaparecer debajo de los escombros: ¿quién permitió que decenas de niños estudiaran en una estructura que, según las autoridades, presentaba deficiencias?
Porque cuando se derrumba un techo y mueren 35 personas, entre ellas 34 niños, no basta con levantar los escombros, presentar un informe y pasar la página.
La tragedia exige responsables.
Y, sobre todo, exige que la muerte de esos niños no termine convertida simplemente en otro número dentro de la larga contabilidad de desgracias de Pakistán.



