
Mensaje 4892
AYUDAME A SALVAR UNA VIDA
Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasiliniz?
Las lecturas de hoy nos hablan de un Dios que invita, y de nuestra libertad para responder.
Isaías nos presenta a Dios preparando un banquete para todos los pueblos: manjares suculentos, vinos refinados, y, sobre todo, la promesa de vencer a la muerte y enjugar las lágrimas de todos los rostros. No es un Dios lejano ni austero; es un Padre que quiere sentarnos a su mesa y llenarnos de alegría.
El salmo lo confirma: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». El banquete no es un episodio pasajero, sino la meta de toda nuestra vida.
Pero el Evangelio nos advierte. En la parábola de la boda, muchos invitados rechazan la invitación: uno se va a su campo, otro a sus negocios. No es que odien al rey; simplemente están demasiado ocupados. Y ahí está el riesgo de nuestra vida: podemos estar tan absorbidos por lo urgente —el trabajo, las preocupaciones, nuestros proyectos— que dejemos sin respuesta la invitación más importante.
El detalle del traje de bodas nos recuerda algo esencial: no basta con llegar; hay que llegar preparados. La invitación es gratuita, pero exige una respuesta que transforme nuestra vida. El traje es esa vida nueva que Dios nos pide: coherencia, caridad, conversión.
San Pablo, en la segunda lectura, nos da la clave para vivir esa respuesta en la vida cotidiana: «Sé vivir en la abundancia y en la escasez; todo lo puedo en Aquel que me fortalece». La fidelidad no depende de las circunstancias favorables, sino de la confianza en Dios.
Hermanos, hoy somos nosotros los invitados. La pregunta no es si Dios nos invita —eso ya está hecho— sino si aceptamos, y con qué disposición nos presentamos.
Víctor Martinez piensa que esta reflexión debe ser para nosotros un anticipo de ese banquete definitivo, y que, después de leerla y meditarla en nuestro corazón, quedemos con el corazón dispuesto, con el «traje» de una vida renovada, para sentarnos un día a la mesa del Señor.
Es Matilde Farach nuestra fiel colaboradora, quien hace posible que estas reflexiones dominicales lleguen hasta todos ustedes, bendícela, Señor.
Hasta la próxima.



