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Abuso sexual infantil: la herida silenciosa que marca a la infancia, la familia y a toda la sociedad

Por Dra. Niurka Adames
Médico Clínico
Especialista en Sexualidad Humana y Terapia de Parejas

El abuso sexual infantil es una de las formas más graves y devastadoras de violencia contra la niñez. Ocurre cuando un niño, niña o adolescente es utilizado para la gratificación sexual de otra persona, generalmente en un contexto de poder, manipulación o dependencia.

Este tipo de violencia no solo vulnera el cuerpo, sino que interfiere profundamente en el desarrollo emocional, psicológico y social de la víctima, dejando secuelas que pueden extenderse durante toda la vida.

A pesar de su gravedad, el abuso sexual infantil continúa siendo un fenómeno subreportado, rodeado de silencio, miedo y estigmatización.

Una realidad respaldada por estadísticas

Organismos internacionales estiman que 1 de cada 5 niñas y 1 de cada 13 niños sufre abuso sexual antes de los 18 años. En más del 70 % de los casos, el agresor es una persona conocida por la víctima: un familiar, cuidador, vecino o figura de autoridad.

Las personas que sufrieron abuso sexual en la infancia presentan mayor riesgo de desarrollar depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, consumo de sustancias y conductas autolesivas durante la adolescencia y la adultez. La mayoría de los niños no revela el abuso en el momento en que ocurre; muchos lo hacen años después.

Secuelas emocionales y psicológicas

El abuso sexual interrumpe el desarrollo saludable del cerebro infantil y altera la percepción básica de seguridad. Son frecuentes el miedo persistente, la vergüenza, la culpa injustificada, la tristeza profunda, el aislamiento, los cambios conductuales y las alteraciones del sueño. El cuerpo suele expresar el trauma a través de síntomas físicos sin causa médica aparente.

Cuando el agresor es un familiar

Cuando el abuso es perpetrado por un familiar, el daño psicológico se profundiza. La figura que debía proteger se convierte en la fuente del peligro, quebrando el apego y la confianza. El niño queda atrapado entre el miedo y la lealtad forzada, mientras el silencio familiar incrementa la revictimización.

Impacto en la familia

El abuso sexual infantil genera un trauma sistémico. Padres y cuidadores pueden experimentar culpa, rabia, ansiedad y depresión; los hermanos, miedo y confusión. Sin acompañamiento profesional, el daño emocional puede perpetuarse durante generaciones.

Cuando la víctima muere

Cuando el abuso culmina con la muerte de la víctima, el impacto es devastador. El duelo se transforma en trauma crónico, marcado por culpa, rabia e impotencia. No solo se pierde una vida: queda una herida social que exige memoria, justicia y acompañamiento psicológico sostenido.

Conclusión

El abuso sexual infantil no es un problema privado, es una urgencia social. Hablar no daña a los niños; el silencio sí. Creer, proteger y acompañar salva vidas.

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