Trump: es el espejo incómodo de una parte importante de los estadounidenses

Por Margarita de la Rosa
Hay una frase muy repetida en la política: los pueblos tienen los gobernantes que se parecen a ellos.
Por eso, cuando una psiquiatra como Bandy Lee advierte sobre el estado mental de Donald Trump, el debate no debería quedarse atrapado en tecnicismos académicos ni en normas corporativas de silencio.
Aquí no estamos hablando de una consulta privada ni de un caso clínico cualquiera. Estamos hablando de un hombre que puede decidir sobre el destino del mundo y que ha tenido bajo su control miles de ojivas nucleares.
Cuando el poder es tan grande, la estabilidad emocional del líder deja de ser un asunto personal para convertirse en un asunto de seguridad global.
Durante años muchos vieron en Trump rasgos de impulsividad, descontrol verbal y desprecio por los límites institucionales.
Aun así, fue elegido y llevado al poder por una parte de la sociedad estadounidense Por eso también es válido decir que él es, en cierta medida, un reflejo de esa sociedad que lo respaldó.
Pero el problema ya no es solo político. El problema es el riesgo que implica concentrar tanto poder en una figura que muestra señales preocupantes de desequilibrio.
Cuando el liderazgo de una potencia mundial parece caminar por la cuerda floja, callar por prudencia académica puede ser tan irresponsable como exagerar.
A veces, lo verdaderamente responsable es advertir. Porque el mundo entero puede pagar las consecuencias de un error cometido desde el poder.
Al final, la historia siempre pasa factura. Las sociedades que se dejan seducir por el espectáculo, el ruido y la arrogancia del poder terminan descubriendo demasiado tarde que no eligieron un líder, sino un riesgo.



