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Toma tu cruz, pero no cargues con ella

REFLEXIONES...

 

Mensaje 4850

 

  AYUDAME A SALVAR UNA VIDA  

 

 

 

Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba arkadaslar ¿nasilsiniz?

REFLEXIONESEn el centro de estas lecturas resuena una palabra que hoy nos resulta casi escandalosa: la renuncia. No la renuncia como pérdida, sino como el único camino verdadero para ganarse a sí mismo.

Miremos primero a Jeremías. El profeta ha sido llamado por Dios y ha descubierto que ese llamado le ha costado caro: burlas y rechazos, y en un momento de debilidad exclama: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Hay una confesión desgarradora que todos conocemos: «Dije: ‘No lo recordaré, no hablaré más en su nombre’. Pero había en mi corazón algo así como fuego».

Aquí está la clave: la vocación no se elige, se recibe. Jeremías intenta renunciar a su misión, pero no puede, porque la palabra de Dios se ha vuelto fuego en sus huesos. Su renuncia para huir es, en el fondo, la renuncia a una falsa libertad para abrazar la verdadera: la de quien se sabe sostenido por Alguien más grande.

El salmo nos da la actitud del alma que ha entendido esto. «Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela». No es la sed de quien busca posesiones, sino la del que ha renunciado a todo lo demás para encontrar lo único que sacia.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos ofrece la imagen más fuerte: «Ofrezcan sus cuerpos como hostia viva, santa y agradable a Dios». Fíjense en la paradoja: en los sacrificios antiguos, la víctima era muerta. Pablo habla de una «hostia viva». No se trata de morir por morir, sino de ofrecerse en vida, con todo lo que somos: nuestro trabajo, nuestro descanso, nuestras relaciones, nuestros sufrimientos. Es la entrega cotidiana, la que no se hace de una vez para siempre, sino cada mañana al levantarnos.

Y entonces el Evangelio. Mateo 16. Jesús acaba de ser aclamado por Pedro como el Mesías. Pero acto seguido anuncia su pasión. Pedro, con buena intención, le dice: «¡Dios te libre, Señor! Eso no te pasará». Y Jesús responde con una dureza que nos asusta: «¡Apártate de mí, Satanás!».

¿Por qué tanta severidad? Porque Pedro está haciendo la tentación clásica: querer un Cristo sin cruz, un Dios que se adapte a nuestros planes. Y Jesús le dice: no se sigue a Dios a medias.

«El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». No dice «que cargue Él con tu cruz», dice «toma tu cruz». Y aquí conviene aclararlo: la cruz no es la enfermedad, ni el trabajo difícil, ni la persona que me cae mal. Esas son cargas, no cruces. La cruz es aquello que eliges libremente por amor: el cuidado del otro, la fidelidad en medio de la dificultad, el perdón que cuesta. La cruz se toma, no sólo se soporta; se elige, no sólo se aguanta.

Por eso remata: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará». Esta es la gran sabiduría del Evangelio, la que contradice a nuestra cultura del yo: guardarse es perderse; entregarse es ganarse.

Queridos hermanos, Víctor Martinez piensa que quizás hoy el Señor nos pide renunciar a algo muy concreto: a una comodidad, a una imagen de nosotros mismos, a un rencor, a un plan que habíamos trazado sin contar con Él. Puede costar. Jeremías lo sabe. Pero también sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza.

Pidamos hoy, en la Eucaristía, que es precisamente la ofrenda del Cuerpo de Cristo, la «hostia viva» por excelencia, la gracia de aprender a tomar la cruz cada día, no como un peso que nos aplasta, sino como la llave que abre la puerta a la vida verdadera.

Que María, la que dijo «hágase en mí según tu palabra», nos enseñe a pronunciar nuestro propio sí, confiando en que, quien se pierde por amor, se encuentra para siempre. Amén.

Gracias a Matilde Farach quien ha hecho posible que este mensaje llegue hoy hasta todos ustedes, bendícela, Señor.

Hasta la próxima.

 

 

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