Terremotos y huracanes: los peligros que también construimos nosotros

Por Margarita de la Rosa
La República Dominicana está situada en una región expuesta a terremotos y en la trayectoria de los huracanes. Son amenazas naturales que no podemos evitar, pero cuyos efectos devastadores sí podemos reducir mediante la prevención, la planificación y el cumplimiento de las normas.
Los recientes movimientos sísmicos registrados en distintos países de nuestra región deberían obligarnos a mirar hacia adentro. No basta con preguntarnos cuándo ocurrirá un gran terremoto en nuestro territorio. La pregunta fundamental es qué estamos haciendo para reducir sus consecuencias.
El reconocido geólogo Osiris de León ha advertido reiteradamente sobre las características de los suelos en sectores como Arroyo Hondo, Los Prados, La Castellana y Pantoja, donde determinadas formaciones arcillosas pueden amplificar las vibraciones sísmicas.
Sin embargo, observamos con preocupación cómo continúa extendiéndose la construcción de edificios y complejos habitacionales, incluso en terrenos que aparentemente han sido rellenados con escombros y materiales de desecho.
Personalmente, he observado terrenos de estas características en zonas de Arroyo Hondo donde posteriormente aparecen anuncios de proyectos inmobiliarios. Esto obliga a preguntar: ¿quién verifica la calidad de esos rellenos? ¿Quién garantiza que se realizaron los estudios geotécnicos correspondientes? ¿Con qué rigor se supervisan las construcciones?
No se trata de condenar indiscriminadamente las edificaciones en terrenos arcillosos, sino de exigir que ninguna obra se levante sin las evaluaciones técnicas y las garantías estructurales necesarias.
Pero existe otro peligro que nosotros mismos sembramos, literalmente, alrededor de nuestras viviendas.
Es una costumbre muy dominicana plantar árboles de mango, aguacate y otras especies de gran tamaño a escasos pasos de la casa, casi con la ilusión de recoger sus frutos desde la ventana.
Olvidamos que esos pequeños árboles crecerán, extenderán sus raíces y desarrollarán copas que, dependiendo de su especie, ubicación y mantenimiento, pueden convertirse en un peligro para las viviendas, especialmente durante huracanes y tormentas.
Las raíces de determinados árboles pueden levantar pavimentos y afectar estructuras vulnerables. Sus ramas, cuando están debilitadas o mal mantenidas, pueden caer sobre techos, vehículos y personas.
Amar la naturaleza no significa ignorar sus riesgos. Significa aprender a convivir responsablemente con ella.
Aquí también tienen responsabilidades las autoridades municipales, los organismos ambientales y las juntas de vecinos, promoviendo evaluaciones periódicas del arbolado, podas técnicamente justificadas y orientación sobre las especies apropiadas para cada espacio.
La prevención no puede comenzar cuando ya tenemos el huracán encima o cuando la tierra empieza a temblar.
El Estado debe fiscalizar las construcciones y los ciudadanos debemos asumir nuestra parte de responsabilidad.
Porque los terremotos y los huracanes son fenómenos naturales, pero muchas de sus tragedias se agravan por decisiones humanas que pudieron evitarse.



