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¿Cómo no temer a un criminal vestido de autoridad?


Por Augusto Álvarez

Resulta imposible no sentir temor cuando quien está investido de autoridad es señalado como autor de un crimen atroz, como el que hoy se atribuye a un oficial en el sector Los Guandules, del Distrito Nacional.

Se trata de un oficial militar implicado en la ejecución de una joven de apenas 19 años, a quien —según denuncias— venía asediando.

De acuerdo con las declaraciones del padre de la víctima, Perla Santos Pacheco, el mayor del Ejército Nacional Diego Gerardo Mesa Arismendy era un viejo conocido de la familia, una cercanía que hoy estremece más que tranquiliza.

¿Qué ocurrió realmente? Por ahora, preferimos evocar a Gabriel García Márquez y describir este crimen como una tragedia marcada por un torcido “amor en tiempos de cólera”. Un amor que no fue tal, sino posesión, abuso de poder y violencia extrema.

Mientras las investigaciones avanzan, surgen preguntas inevitables: ¿qué hacía un oficial que no reside en Los Guandules merodeando la zona? ¿Por qué no estaba adscrito a ninguna patrulla mixta? ¿Acaso rondaba el barrio en busca de una aventura, de un romance impuesto desde la superioridad del uniforme?

Perla Santos fue una de esas perlas que la naturaleza siembra en los barrios para iluminarlos con su belleza, su juventud y su vida por delante. Hoy su nombre se suma a la larga lista de víctimas que claman justicia.

De él —del acusado— la justicia tendrá que armar su muñeco, pieza por pieza. Pero al no tratarse de un agente policial activo, no hay cámaras corporales que revisar; esas cámaras de adorno que nunca han servido para nada y sobre las cuales ni el Ministerio de Interior y Policía, ni la Procuraduría General de la República, ni siquiera el propio jefe de Estado se han preguntado jamás: ¿para qué se invirtió en ellas?

Porque cuando la autoridad mata, el miedo deja de ser una reacción y se convierte en una condena colectiva.

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