NACIONALES

Río Isabela: lujo arriba, contaminación y abandono abajo

Está ahogado en aguas negras

 

Por Margarita de la Rosa

Mientras el Gobierno dominicano impulsa una de las transformaciones viales más impresionantes de los últimos años en el entorno de la prolongación de la avenida República de Colombia y las inmediaciones de la Embajada de Estados Unidos, surge una inquietud imposible de ignorar.

¿Cómo es posible que, a escasa distancia de una obra multimillonaria que simboliza modernidad, dinamismo y avance urbano, sobreviva desde hace más de treinta años una planta de tratamiento inservible vertiendo aguas residuales hacia el río Isabela y sus humedales?

La reflexión no pretende cuestionar el desarrollo. Todo lo contrario. Las comunidades valoran profundamente una infraestructura que aliviará el tránsito y transformará positivamente toda esta zona de Santo Domingo Norte.

De hecho, ya comienzan a sentirse los efectos de esa modernización.
Pero precisamente por eso resulta más dolorosa la contradicción.

Porque mientras enormes estructuras de concreto se levantan hacia el cielo, abajo el río continúa cargando una vieja herida.

Las aguas cloacales procedentes de residenciales y urbanizaciones que bordean el Isabela terminan desembocando en sus aguas debido al deterioro extremo de una planta de tratamiento ubicada en las inmediaciones de Puerta de Hierro, cuya inoperancia ha sido denunciada durante décadas.

Y junto a esas aguas también fluye una pregunta incómoda: ¿Cómo una problemática ambiental identificada desde hace más de veinte años pudo permanecer abandonada mientras toda la zona experimentaba un acelerado crecimiento urbano?

Documentos técnicos elaborados en el año 2004 ya planteaban oficialmente la rehabilitación de esa estación de depuración de aguas residuales domésticas. Es decir, no se trata de una denuncia improvisada ni de una preocupación reciente de comunitarios alarmados.

El problema estaba identificado.

La necesidad de intervenir existía.

Sin embargo, el tiempo pasó.

Pasaron gobiernos, promesas, inauguraciones y expansiones urbanas… pero la contaminación siguió llegando silenciosamente al río Isabela.

Y eso obliga a una reflexión más profunda.

Las ciudades modernas no se definen únicamente por túneles, elevados y pasos a desnivel. También se definen por la manera en que protegen sus ríos, manejan sus aguas residuales y preservan los ecosistemas que sobreviven entre el concreto.

El río Isabela no debería seguir siendo el patio trasero invisible del desarrollo urbano.

No puede continuar recibiendo silenciosamente lo que la modernidad no quiere mostrar, mientras a pocos metros se levantan impresionantes estructuras que simbolizan progreso.

Porque ninguna ciudad puede llamarse verdaderamente moderna cuando convierte sus ríos en depósitos ocultos de contaminación.

Y en esta zona existe además otro elemento que aumenta la preocupación: la presión urbanística sobre terrenos vulnerables que bordean el río y sus humedales.

Quienes conocen el área saben que cuando las lluvias son intensas, el Isabela reclama su espacio natural. El río se expande, ocupa sus márgenes y transforma el paisaje como recordando que esos terrenos no son simples espacios vacíos disponibles para urbanizar sin límites.

Allí sobreviven humedales de enorme valor ecológico que, si fueran rescatados y protegidos, podrían convertirse en uno de los pulmones ambientales más hermosos de esta capital.

Por eso preocupa hasta dónde se permitirá avanzar la urbanización en esa franja sensible.

Preocupa que el desarrollo continúe caminando más rápido que la planificación ambiental.

Y preocupa todavía más que una problemática de saneamiento identificada hace décadas permanezca prácticamente invisible para las prioridades públicas.

Las grandes obras no deberían terminar donde termina el concreto. También deberían alcanzar el agua, los humedales y la dignidad ambiental de las comunidades.

Tal vez ha llegado el momento de que el desarrollo mire también hacia abajo.

Hacia las aguas del Isabela.

Hacia sus humedales.

Hacia ese pulmón natural que aún resiste entre el concreto y el olvido.

Porque ninguna gran obra estará verdaderamente completa si a pocos metros de ella continúa fluyendo, silenciosa, una deuda ambiental de más de treinta años.

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