OPINION

Cuando el campo perdió su silencio

 

Por Margarita de la Rosa

Hay días en que la memoria nos devuelve a los lugares donde fuimos felices. Hoy he estado particularmente nostálgica y he pensado mucho en mis campos, en mi Comatillo, en Bayaguana, en aquellos espacios donde generaciones buscamos algo que la ciudad no podía ofrecernos: silencio, sosiego, ríos limpios, naturaleza y esa sensación casi indescriptible de estar en casa.

Y mientras más los recuerdo, más me pregunto en qué momento comenzamos a perderlos.

Durante décadas nos hablaron del turismo como una de las grandes panaceas del desarrollo. Un país pequeño, privilegiado por la naturaleza, tenía que abrirse al mundo, mostrar sus playas, montañas, ríos y paisajes y convertir esa riqueza en bienestar para su gente. Nos ilusionamos con esa promesa.

No reniego del desarrollo. Sería absurdo pretender que nuestros pueblos permanezcan congelados en el tiempo mientras cambia el mundo. Tampoco desconozco los aportes económicos del turismo. Mi reflexión va en otra dirección: ¿qué ocurre cuando confundimos desarrollo con ausencia de límites?

Lo pienso mirando lo que ha sucedido en Comatillo, en Bayaguana y en tantos campos de Monte Plata donde precisamente la abundancia de recursos naturales los ha convertido en destinos cada vez más frecuentados.

El pasado fin de semana volví a comprobarlo. Cerca de uno de los mas frecuentados balnearios de la zona, era incesante el desfile de vehículos. Muchos llevaban enormes equipos de sonido. Horas y horas de tránsito hacia los ríos y balnearios, hasta que aquellos aparatos terminan concentrados en un mismo lugar mientras el sonido de unos compite con el de los otros.

El resultado es un ruido ensordecedor que invade kilómetros de un entorno al que, paradójicamente, muchos acudimos buscando tranquilidad.

Entré a un pequeño colmado de campo y quedé sorprendida ante una bocina de dimensiones descomunales. Pregunté qué era aquello y un señor me respondió con una frase que desde entonces no he podido sacarme de la cabeza:

«Ese es el desarrollo. Eso es lo que trae el progreso. Esa gente viene a gastar y a dejar su dinero aquí». Ahí está, quizás, el centro de nuestro problema.

¿Desde cuándo el dinero que alguien deja le concede derecho sobre la tranquilidad, el río, el paisaje y la convivencia de una comunidad?

Porque junto con ese movimiento económico también han llegado realidades que no podemos esconder: desorden, contaminación, alcohol, drogas, riñas, conducción temeraria, accidentes y una creciente sensación de inseguridad.

Y cuando una comunidad comienza a asociar sus fines de semana y días feriados con ese pandemonio, algo merece ser revisado.

Hablando recientemente con amigos oriundos de aquellos campos llegamos, entre bromas y tristeza, a una conclusión dolorosa: tendremos que ir a disfrutar de nuestros propios ríos los días de semana.

Y entonces comprendí por qué llevo tiempo diciendo que nuestros campos perdieron su virginidad.

No hablo de una virginidad ingenua ni de mantenerlos aislados de la modernidad. Hablo de aquella relación más respetuosa con el río, del silencio que también formaba parte del paisaje, de la posibilidad de sentarse debajo de un árbol y escuchar el agua en lugar de una competencia de bocinas.

Abrirnos al mundo no debió significar entregarnos sin condiciones.

El turismo necesita visitantes, inversión y consumo, por supuesto. Pero también necesita reglas, autoridad, educación ambiental, orden y límites. Necesita comprender que un río no es solamente un lugar donde estacionar vehículos, instalar bocinas y consumir durante unas horas. Es un recurso natural, un patrimonio de la comunidad y una riqueza que pertenece también a quienes vendrán después de nosotros.

Y quizás ahí estuvo nuestro gran error: aprendimos a calcular cuánto dinero podía dejarnos el turismo, pero no cuánto podía costarnos un turismo sin control.

No quiero recuperar un campo detenido en mi infancia. Quiero algo mucho más sencillo: que el progreso no nos obligue a renunciar a aquello que hizo valiosos nuestros campos.

Porque si para desarrollarlos tenemos que perder sus ríos, su naturaleza, su seguridad, su sosiego y finalmente hasta el derecho de sus habitantes a disfrutarlos, tendremos que preguntarnos algún día qué clase de desarrollo construimos.

Tal vez nuestros campos no necesitaban permanecer vírgenes.

Pero tampoco necesitaban ser entregados.

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